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lunes, 6 de julio de 2009

Capítulo 47

-Agnosco veteris vestigia flammae-
(Reconozco las huellas de un antiguo fuego….)



Odded mantenía a una inconsciente Beatrice entre sus fuertes brazos con una indescriptible y tremendamente dulce ternura. Sentado en el amplio sofá del salón de aquel piso, abrazándola, protegiéndola, resguardándola, mimando sus cabellos y acariciando sus mejillas, no podía evitar recordar y sentir exactamente lo mismo que había sentido y recordado durante absolutamente todos los ciclos en los que sus destinos habían llegado a entrelazarse tan intensamente.
Una dulce cuando agria lágrima comenzó entonces a discurrir por su macerada y todavía sangrante mejilla. Dulce por el tan ansiado y codiciado reencuentro, y terriblemente agria por el siguiente de los pasos que sus destinos habrían sin duda de enseñarles: la inadmisible, desesperante y terriblemente traumática separación a la que estaban, como siempre y una vez tras otra, eternamente condenados.
Con enorme suavidad desenredaba entre caricias el sumiso cabello de su perpetua amada mientras se esforzaba por distinguir aquello que descansaba inerte a su alrededor. Muy tenuemente, con enorme dificultad, comprobaba el salón enteramente sumido en tinieblas, como si de un desconcertante y mal sueño se tratase.
¿Por qué no dejaba de darle vueltas la cabeza? ¿Por qué no era capaz de centrar su cada vez más dispersa mente y reaccionar de una vez por todas? ¿Por qué no podía aprovechar al máximo el poco tiempo del que dispondría para estar con ella?
Odded temía perder la poca capacidad que en aquellos instantes poseía para llegar a ser plenamente consciente de la realidad, a causa, sin duda alguna, de comprobarse al fin ante la presencia del ser humano que más había amado de entre todos y cada uno de los que se habían cruzado en su larga y complicada vida.
Y sus manos empezaron tímidamente a temblar.
-Beatrice… - Susurró trémulo. – Ya estoy aquí… ya estoy contigo…
Y sin embargo volverían a separarse en breve.
Por mucho que lo intentase, por mucho que violenta y furiosamente pugnase contra tal desoladora idea no se veía capaz de deshacerse de aquel triste y temible pensamiento; pero lo peor de todo, lo que menos podía en modo alguno aceptar, lo que más mellaba su atormentada y frágil alma y más quemaba en lo más profundo de su ser era saber a ciencia cierta que no existía posibilidad alguna para cambiar lo que no podía ser cambiado.
Sólo cabía esperar, por desgracia, que sucediese más tarde que pronto.
-Odded… - La cítrica y decidida voz de Alcione no se escuchó en aquella ocasión por medio del minúsculo auricular alojado en el conducto auditivo externo, sino a través de los mismos emisores de sonido que poco tiempo antes había utilizado el sistema Central de Habitáculo perteneciente a aquella residencia. – Odded, reacciona; tenemos problemas.
Por supuesto que tenían problemas; Alcione no sospechaba en realidad cuan graves dificultades restaban todavía por surgir.
No tenía ni la más remota idea.
Pero las palabras de Alcione apenas llegaron en realidad a atravesar las capas más superficiales de la ocupada y temerosa mente de Odded, pues los desesperanzados y obsesivos pensamientos del abatido humano se encargaban de colapsar por completo y de continuo casi cualquier información que no fuese aquella referida al estado en el que se encontraba la propia Beatrice.
-Odded… por favor… - Terminó por suplicar cada vez con menos vigor. – Tienes que escucharme… Estás… Estamos en serios problemas…
-No importa… – Obtuvo por toda respuesta. – No importa nada.

¡No importa!, nos dice apesadumbrado. No me miréis, piensa desconsolado; dejadme llorar tranquilo y tímidamente en paz y alejaos de mi lado, nos suplica entre llantos de amargado victimista. No existen los problemas si existe Beatrice ¿Verdad, imbécil? Iluso romántico; nos decepcionas, querido Odded. Como siempre que te reencuentras con ella. ¡No eres más que un completo y absoluto imbécil! Llevas soñando con este momento desde que decidiste autorrecluirte en tu propio miedo, en tus innegables ansias de conservación. ¿Qué temías en aquel momento? ¿Volver a verla? ¡Pero si eso mismo es lo que siempre deseas! Recuerda que hemos sido espectadores de tus fantasías y tus anhelos, de tus miedos y tus victorias, de tus propios sueños, al cabo, y que no tienes nada que puedas esconder de nosotros, pues de vosotros dos ya todo lo conocemos. ¡¡Reacciona!! ¡¡Grita al fin por la alegría del reencuentro o simplemente lucha por temor a perderla de nuevo!! ¡¡Pero haz algo, por los dioses!! ¡¡Estás a punto de convertirte en el espectador de su desaparición en estos precisos instantes!!

La cabeza le ardía cada vez más, y las primeras perlas de sudor provocadas por el nerviosismo y el miedo a perderla de nuevo comenzaron a asomar por su arrugada frente. La había salvado… pero todavía quedaba mucho por hacer.
Completamente azorado, regaló a Beatrice un tierno beso en la frente para acto seguido levantarse del sofá con sumo cuidado. Tenía que obligarse a salir de aquel despótico estado de autocompasión cuanto antes para que ambos saliesen a su vez juntos de aquella situación. Para seguir con ella un poco más; sólo un poco más…
Solamente un poco más.


Por los dioses… ¿Acaso era tanto pedir sólo un poco más de tiempo?
-Odded… Me temo que debemos abandonar cuanto antes esta residencia. – Volvió a insistir de nuevo Alcione ante la falta de atención. – Necesito que me escuches, Odded.
Escasamente a tres metros de donde se encontraba erguido descansaba el cuerpo incosciente de aquel desgraciado; al parecer en aquellos instantes estaba precisamente recuperando lenta y por seguro dolorosamente la consciencia. Un… linocetanosequé, le había dicho finalmente Alcione justo antes de recibir los tan jodidamente dolorosos impactos en el hombro y pecho. Palpando las casi desaparecidas llagas de aquellas heridas trasladó su mirada lentamente desde el cuerpo todavía tumbado en el suelo hasta el arma ante la que casi había sucumbido; estaba hecha pedazos, gracias al cielo, tras de haber impactado con violencia contra la pared: una descarga más como aquella y posiblemente el que estaría inconsciente sería seguramente él mismo.
¿Por qué no lo había matado?
-Dime, Alcione. – Entonó gravemente sin dejar de observar la lenta recuperación del linoceta. – Dime qué sucede.
-Al parecer quedan apenas dos minutos para que un chivato sea recibido directamente por el registro de entrada del Servicio de Inteligencia Confederado, Odded. No he podido desencriptar el contenido en su totalidad pero parece hacer referencia a cierta información que pondría en grave compromiso a Loreen Friedkin. En todo caso, gracias a la asimilación del contenido personalizado del sistema antes conocido como Zett he desenmascarado al supuesto trabajador Glodar Rhodes, perteneciente según su registro de vida a la Sección de Almacenamiento de Datos de la Confederación. En realidad se trata de un espía corporativo involucrado en la búsqueda de ciertos estudios científicos, precisamente desarrollados en su momento por Richard Friedkin; toda la información que he asimilado bastaría para que se demostrase su implicación directa…
-Para, para. – Interrumpió cansado; en aquel preciso instante estaba levantando con desprecio el cuerpo del tal Glodar y sentándolo en una de las sillas del salón. - Lo más inmediato, Cielo; has dicho que estábamos en problemas.
-Por supuesto, Odded; perdona. La información recogida en el chivato pondrá sobre aviso a la Confederación con respecto a las supuestas actividades corporativas de Loreen, aunque no puedo decirte nada más al respecto; me resulta imposible confirmar o negar de momento tal implicación.
-¿Y por qué no interceptas el envío? – Con la misma chaqueta de la que el linoceta había sacado su arma lo ataría a la silla y esperaría a que despertase completamente…
-Yo… Imposible. Al menos para un sistema como el mío, aunque no entiendo realmente por qué no me veo capaz. De todas formas quedan ochenta y tres segundos, Odded. En cuanto el chivato sea recibido pasarán al menos tres minutos antes de que varias secciones de seguridad lleguen hasta donde estamos.
-Hasta donde estoy… - …Y un trozo arrancado de la tela de su camisa haría las veces de mordaza.
-Hasta donde estamos, Odded. Nunca me separaré de ti.
Aquel miserable estaba perfectamente inmovilizado en la silla, y aunque despertase invadido por las furias, con los cabellos coronados por malvadas serpientes, una antorcha encendida en una mano y un temible puñal en la otra no podría causar ningún problema, por lo que acto seguido Odded regresó al sofá en el que permanecía tumbada e inconsciente su siempre amada Beatrice…
-¿Cuál has dicho que era su nombre? – Preguntó a voz en cuello refiriéndose a Loreen.
-¡Odded! ¡Qué importa cómo se llame si en menos de tres minutos te separarán de ella!

Por supuesto…

-De todas formas, olvídalo… - Continuó Alcione al momento con un tono de voz completamente distinto. – En realidad ya no puedes hacer nada, Odded. Es tarde. No podrías salir de aquí con ella aunque quisieras. Hay demasiados controles de seguridad como para intentar llegar a la salida de vehículos más cercana sin que te intercepten, incluso si la Confederación no estuviese sobre aviso. No se en qué estaba pensando. – Concluyó. – Hemos perdido…

Por supuesto… Habéis perdido… ¿No es hasta gracioso?

Habían perdido…
En realidad era del todo inevitable (¿Luchar contra el destino?), y en absoluto estaba seguro de poder siquiera intentar impedirlo, dadas las circunstancias y sobre todo los precedentes.
Despacio y en completo silencio se arrodilló al lado del sofá en el que descansaba su amada y al momento se comprobó de nuevo absorto observando y asimilando los deiformes rasgos de Beatrice. Había pasado mucho tiempo; demasiado; demasiado tiempo para dos personas que se habían amado tan intensa y profundamente y habían sido separadas de tan cruel e inhumana manera.
Una literal eternidad.
Y sus pensamientos gritaban con descomunal fuerza que no podría aguantarlo de nuevo; no esta vez, no así, no después de tanto tiempo y nunca tan pronto.
No de aquella manera.
Pero al parecer el destino había tenido a bien incluso configurar una situación en la que su Alcione (su mayor salvación, su oscuro libro de hechizos, su brillante armadura, aquella que al parecer todo lo podía sin excepción alguna) no conseguía intervenir de ningún modo.
La misma Confederación reclamaría en breve a Beatrice para quién sabe qué, pero por seguro terminando por separarlos de nuevo durante (y esta terrible convicción hizo llorar de nuevo a Odded) al menos otra interminable eternidad.
No.
Jamás.
Nunca.

¿Cómo has tardado tanto?

-Las ventanas, Cielo. – Preguntó decidido al tiempo que volvía a incorporarse y secaba las lágrimas de su rostro; una posible salida comenzaba a tomar forma en su cabeza gracias a quién sabía que tipo de inspiración; o tal vez lo que se le estaba ocurriendo lo había hecho ya con anterioridad en algún otro tiempo y lugar… - ¿Pueden romperse?
-Si...
-Llama inmediatamente al profesor. Pídele encarecidamente… suplícale si es necesario que nos ayude; que se acerque y recoja a Beatrice… - Tal vez un objeto pesado, en el lugar correcto y con la fuerza adecuada… - y que se la lleve; que la esconda… donde se le ocurra; seguro que sabe qué hacer en este caso mucho mejor que yo, pero que no deje que la Confederación se la lleve. Pídeselo, por favor.
Odded lanzó con fuerza aquella cosa pesada y parecida a un búcaro contra el amplio ventanal que dominaba el salón, pero lo máximo que pudo provocar fue un muy apagado y grave sonido y una ligeramente tenue reverberación en el ambiente. Nada más.
-Pensé que habías dicho…
-Necesitas un arma, Odded...
-...
-...
-¿Alcione?
-Perdona, Odded. El colgante del suelo, a tu izquierda; será mejor que lo recojas. Continúo analizando el contenido del sistema parásito; está lleno de sorpresas, Odded: parte de los estudios sobre…
-Ahora estamos un poco apurados. – Interrumpió. Si necesitaba un arma no gastaría más tiempo con la ventana de momento. Con suavidad izó el cuerpo de Beatrice para dejarlo con sumo cuidado y delicadeza varios segundos después en la cama de sus aposentos.
E inmediatamente regresó al salón.
-Comprueba cómo se encuentra Beatrice…
-El chivato ha sido recibido, Odded.
-De acuerdo, de acuerdo; pero comprueba cómo se encuentra. Le he puesto el colgante – continuó mientras se acercaba de nuevo a la ventana. -, pero lo que no se es qué hacer con esto. – Y de la pequeña mochila extrajo la placa del sistema central Alcione, todavía conectada a su periférico.
-No tienes nada que hacer con…
-Espera, déjame terminar. – Continuó. - No puedes venir conmigo.
Faltaban poco más de dos minutos para que al menos las secciones de seguridad de bloque urbanita más cercanas apareciesen en el piso y derribasen la puerta, siempre según Alcione. En ese tiempo el linoceta recuperó totalmente la consciencia, comprobándose completamente inmovilizado y amordazado en el habitáculo residencial de Loreen; Odded explicó su absurda idea a Alcione, la pequeña mochila en la que descansaba la placa del sistema se mantuvo desde entonces con Beatrice dada la insistencia de Odded al respecto y su amada continuó en el mismo estado de inconsciencia.

Por fin, Odded… ¿Sabes cuanto tiempo habíamos esperado esto?

-Estoy listo.
-Vaya... La seccion veintitrés está de camino, Odded; tardará aproximadamente cuarenta segundos. Las secciones treinta y dos, doce, sesenta y cuatro y ochenta y nueve tardarán un minuto treinta y dos segundos a mayores; imagino que esperan encontrarse con la situación ya solucionada. Vienen avisadas en principio únicamente como apoyo. Si lo que buscas es concentrar en ti la atención de la Confederación vas a conseguirlo, Odded; tenlo por seguro. En tal caso debería ser fácil sacar a Loreen de aquí.
-Perfecto.
-...
-Entonces… ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
-Si.
-...
-Podemos buscar otra solución. Te repito que me parece realmente imposible que logres llegar…
-No hay tiempo.
-...
-No puedo hacerte cambiar de idea… diga lo que diga… ¿Verdad?
-No.
-...
-Entonces de acuerdo: me encargaré de Loreen, Odded. Un vehículo te esperará abajo, en la entrada dos. He configurado la pantalla holográfica de tu periférico para que te muestre en cada momento el camino más despejado con respecto a las secciones de seguridad y el personal confederado de intervención directa. En todo caso parte de mi consciencia estará pendiente de ti. Podrás escuchar mi voz por los conductos generales de sonido del lugar en el que te encuentres en cada momento.
-Gracias…
-Es una locura, Odded.
-Lo se. ¿Has contactado con el profesor?
-...
-Estoy intentando localizarlo.
-...
Odded se mantuvo entonces a la espera, de pie, a unos siete metros frente a la puerta de entrada del piso. Alcione le había explicado el sistema confederado de intrusión en espacios de aquellas características; conocer los parámetros al respecto le había servido a Odded para improvisar una contramedida a la entrada de la sección veintitrés, la primera en llegar. Así, si todo salía tal y como lo había proyectado, haría frente a los cinco componentes de la sección y los anularía; se haría con un arma y destrozaría la ventana, la misma a través de la cual el profesor y seguramente también su alumno recogerían el cuerpo de su amada, además de la placa de Alcione y cierto colgante al parecer sumamente significativo y se la llevarían a lugar seguro; bajaría hasta la base del edificio enfrentándose a las dificultades que fuesen surgiendo y se encontraría con un vehículo que Alcione habría de conseguir para él.
Al fin y al cabo la naturaleza humana… o la de cualquier raza… no dejaba de responder exactamente a los mismos impulsos naturales en todas y cada una de las épocas, y esta no tenía por qué ser distinta: Miedo, valor, angustia, pavor… originados todos ellos por millones de factores de los cuales sólo unos pocos podían ser contabilizados y etiquetados para su posible estudio. ¿Acaso alguien con un mínimo de inteligencia podía manifestar conocer el por qué de la valentía o la cobardía? En ocasiones, recordaba, los más esforzados eran los que antes se desmoronaban, y los más temerosos los que componían actos de tal valentía y magnificencia que podían asombrar al más curtido de los valientes.
Los primeros que apareciesen frente a él serían los primeros en caer: Llegaría al nivel inferior; no le cabía la menor duda. Se enfrentaría a un ejército interminable si fuese necesario.
¿Y después?
Desaparecerían del mapa; sencillamente; Se marcharían de allí hacia… ¡Qué diablos! ¿No estaba más que claro? Se irían a otro planeta… a otra… a otro… a donde fuese necesario: Cualquier cosa con tal de que el destino no se la arrebatase tan fácilmente.
Nunca más.

domingo, 12 de abril de 2009

Capítulo 45

-Anceps imago-

(Hombre de dos caras)

(Tercera parte)


-Loreen; tienes visita. Es Glodar.

-Glodar…

Las palabras de Lucy tardaron todavía un par de minutos antes de ser asimiladas por completo, pero cuando Loreen fue plenamente consciente de que efectivamente era Glodar quien estaba tras la puerta de acceso a su residencia, se mantuvo absolutamete en silencio y sin realizar movimiento alguno; casi incluso sin respirar.

¡Qué tontería!, pensó al instante. ¿Por qué estaba de repente tan nerviosa? Lo más inteligente sería hacerle pasar y exigirle explicaciones acerca de lo que había encontrado, incluso llegando a asimilar de una vez por todas el papel de máxima responsable de la Sección 23 de Almacenamiento de Datos de la Confederación: si no escuchaba una explicación mínimamente coherente, el puesto de trabajo de Glodar sería a partir de entonces ocupado por algún otro. De echo, como mínimo propondría su traslado inmediato a un puesto de menor responsabilidad, menores ingresos y en la peor de las zonas de trabajo. Exacto: eso es lo que haría.

Pero inevitablemente una pregunta se aferraba con fuerza a sus pensamientos… ¿Seria realmente capaz de hacerlo? Es decir… ¿Sería capaz de alejarse de aquel a quien tanto amaba? ¿De deshacerse de él por una tontería como aquella? Con toda seguridad existía una explicación lo suficientemente lógica…

-Loreen. ¿Quieres que le permita el acceso?

Por supuesto; pues claro que le haría pasar, pero sólo para exigirle explicaciones; tendría que ser lo suficientemente fuerte como para mirarle directamente a los ojos y preguntarle por sus actos para luego revelarle los suyos: Glodar dejaría la Sección aquella misma tarde.

Por toda respuesta a la pregunta del Sistema Central del Habitáculo, Loreen se levantó enérgicamente del módulo de descanso y se dirigió con firmeza hacia la compuerta de acceso principal; también con decisión pulsó el interruptor de abertura manual y del mismo modo comenzó su discurso; pero casi sin tiempo para poder empezar a reclamar las explicaciones que en realidad tanto necesitaba escuchar, dos de los fibrosos brazos de Glodar la agarraron con titánica fuerza por los hombros mientras con los otros le tapaba la boca y oprimía una pequeña pirámide de metal negro y base triangular. Mientras volvía a cerrar la compuerta mediante el conmutador manual golpeó con tanta violencia el rostro de Loreen que la lanzó contra la pared para finalmente detener su caida contra el duro suelo de la entrada.

-¡¿De verdad crees que soy tan imbécil?! – Gritó con el rostro desencajado por la ira. - ¡¿Crees que no se lo que te propones?!

Una sorprendida y aterrorizada Loreen intentó arrastrarse tremendamente aturdida hacia el habitáculo de descanso, pero no tuvo tiempo más que para recorrer una pequeña distancia antes de recibir una violenta patada en el costado que la hizo gritar de dolor; apenas podía respirar.

Glodar observó durante varios segundos las pantallas que permanecían activadas en el habitáculo para simplemente terminar por desactivarlas manualmente con una ligera expresión de menosprecio en su rostro. La figura piramidal con la que alegremente jugueteaba entre sus manos pasaba en aquellos momentos a uno de los bolsillos de su abrigo.

-¡Lucy! – Consiguió decir Loreen al tiempo que veía horrorizada cómo brotaba sangre de entre sus lacerados labios. - ¡Avisa a seguridad, por favor… - Gritó entre llantos; aquello no podía estar pasando. - ¡¡Lucy!!

-No te esfuerces, cariño. Lucy no puede escucharte… y en breve dejará de existir. – Dijo divertido mientras activaba una pequeña y pesada placa oscura que extrajo de su abrigo, similar a la de un sistema central de habitáculo. Al momento se dirigió hacia la base fija donde descansaba la placa de Lucy y acopló encima la que hasta entonces había descansado entre sus manos. Tras dejar pasar varios segundos y comprobar la rápida sucesión de pilotos luminosos que informaban del éxito del acoplamiento, Glodar lanzó una pregunta al aire.

-Zett. ¿Estás conectado?

-...

-Por supuesto, Glodar.

-Bien. Escanea el sistema parasitado. Quiero que emitas señales clonadas del antiguo sistema; debes conseguir que todo sea… - y pensativo miró de nuevo a Loreen. – Más bien… que parezca normal. Por qué en realidad no lo es. ¿Verdad, cariño?

A las distraídas palabras de Glodar sobrevino un tremendamente violento y seco golpe que le destrozó la muñeca y provocó un grito sin sonido salido de lo más profundo de su ser.

Con los ojos entreabiertos pero casi inútiles debido a la sangre que los empapaba intentó mirar hacia el rostro de Glodar. ¿Por qué? ¡¿Por qué?!, se preguntaba. El dolor que sentía apenas le permitía concentrarse en nada más que seguir arrastrándose para intentar alcanzar la puerta del habitáculo de descanso; un poco más, se animaba; un poco más.

Pero Glodar nunca la dejaría llegar. Estaba jugueteando con ella, sin golpearla con tanta fuerza como las primeras veces pero si lo suficientemente fuerte como para que Loreen deshechase plantearse cualquier cosa que no fuese quedarse tirada en el suelo sin moverse e intentar protegerse de los golpes.

-Tenías que haber sido tú. – Comenzó a decir Glodar mientras paseaba nervioso por el habitáculo principal. - No podía haber sido cualquier otro de nuestros compañeros; no. Tenías que haber sido tú; precisamente la persona que menos hubiese querido que lo descubriese.

-Glodar. El sistema está escaneado y la situación bajo control. – Interrumpió la desagradable cuando grave voz del sistema parasitario. - Es innecesario el anulador.

-Perfecto, Zett. Asegúrate de que todo siga así; y sobre todo asegúrate de que lo que aquí suceda quede entre nosotros tres. Por cierto… ¿Está todo listo para activar los chivatos?

-Por supuesto, Glodar.

-Fantástico. Ahora veamos: - Añadió dirigiéndose de nuevo a Loreen, quien estaba ya a apenas un par de metros del habitáculo de descanso. – Me gustaría que me revelases de una vez por todas dónde está tu padre.

La mirada de sorpresa de Loreen no podía ser más descriptiva. ¿Se trataba de eso? ¿De su padre? ¿Por qué?

Desesperadamente y con las escasas fuerzas que todavía le quedaban, Loreen intentó alcanzar la que creía podría ser suficiente protección del habitáculo de descanso. Sólo necesitaba que Glodar se despistase durante un poco; sólo un poco y lo conseguiría. Ya casi estaba. Solamente un par de metros más y podría encerrarse para esperar ayuda.

-Nos irá mejor a todos si dejas de comportarte como la malcriada y caprichosa niña que en realidad eres. – En apenas un par de pasos se adelantó a Loreen y cerró la puerta del habitáculo de descanso. – Es mejor que respondas; mírame. Por favor…

Aquellos ojos que apenas era capaz de vislumbrar volvían a ser los del adorable y fascinante Glodar; el mismo que ella había conocido y del que había llegado a enamorarse tan profundamente. ¿Cómo podía ser cierto? ¿Cómo podía cambiar tan profundamente la expresión de alguien?

-¿Vas a ayudarme? – Preguntó sosteniendo con dulzura el rostro de Loreen entre sus delicadas manos. - ¿Lo harás?

Tal y como había sido entonada aquella pregunta podría ser perfectamente la que se harían dos compañeros; dos muy buenos amigos que podían echarse una mano el uno al otro, o incluso dos enamorados que podían salvar cualquier situación si confiaban ciegamente el uno en el otro. Su mirada, tan tierna y afectiva, logró perturbar todavía más la débil mente de Loreen.

-Cariño. ¿Me ayudarás?

-¿Qué… - Logró decir Loreen. - ¿Qué… quieres?

-Tu padre. – Dijo al instante algo nervioso y bastante desorientado. – Sus estudios. Su hija. Sus conclusiones… Sus resultados. Eres mi última y única esperanza. Estoy cansado de dar vueltas y vueltas a las mismas inútiles pistas que lo único que hacen es envolverme en una maraña de datos sin utilidad alguna. No podemos permitirnos fracasar en esto. ¿No lo entiendes? Demasiadas personas dependen de lo que yo y otros como yo podamos descubrir. La Corporación apenas tiene para uno o dos meses… y la Confederación tal vez seis más; como mucho.

¿De qué estaba hablando? ¿Uno o dos meses para qué? Todo aquello estaba a punto de convertirse en una serie de acontecimientos sin ninguna lógica ni orden alguno. ¡Además tomaban parte en la situación los estudios de su padre! Loreen intentó sacudir levemente la cabeza para intentar despejarse un poco pero el terror que la inundaba no la dejaba moverse en absoluto; ni lo más mínimo Por supuesto no pudo… no supo responder a la pregunta, y mucho menos podía saber qué reacción esperar por parte de Glodar. ¿Su padre? ¡Había desaparecido hacía años! Ni siquiera podía recordar con claridad la última vez que habían estado juntos. ¿Cómo iba a tener relación alguna con sus estudios? No. Loreen nunca podría responder las preguntas de Glodar porque sencillamente no conocía en absoluto las respuestas.

-Zett. – Llamó el linoceta con decisión y poca paciencia.

-¿Sí, Glodar?

-Parece que mi amiga no quiere cooperar. ¿Me harás el favor de configurar los chivatos para que sean recibidos dentro de diez minutos?

-Por supuesto, Glodar. Acaban de ser activados.

Con parsimoniosa lentitud se volvió hacia Loreen. Tras comprobar cómo le mantenía la mirada apenas un par de segundos antes de mirar asustada de nuevo hacia el suelo, la levantó con fuerza y la obligó a sentarse en el cómodo módulo de descanso.

-Mira Loreen… - ¿Estaba empezando a perder la paciencia o la había perdido ya? - …Si en diez minutos no me has dicho lo que deseo oír, será la propia Confederación la encargada de torturarte para atender lo que creerán como cierto. Sólo yo puedo evitar que la información que he preparado para ellos llegue a su destino, y ya oiste a Zett; la información ya se está descodificando y llegará al Servicio de Inteligencia Confederado en menos de diez minutos. Ahora dime: ¿Vas a darme los estudios de tu padre?

-Glodar… yo…

La frase no terminó. No pudo hacerlo debido al pavor que sintió Loreen tras comprobar cómo había cambiado de nuevo la mirada de aquel… de aquel auténtico monstruo.

-Prueba otra vez…

¡No lo sabía! ¡No tenía ni idea de dónde podían estar los estudios de su padre! ¡¿Cómo podría saberlo?! ¡Que buscase en los archivos de la Confederación!

Porque ella… ella no los tenía.

-Glodar…

-¿Si? – Sus rostros estaban casi tan cerca como cuando todavía se besaban.

-¿Vas a matarme? – Preguntó.

Aquella lánguida frase pareció desconcertar un poco a Glodar, quien en seguida se repuso y respondió candorosamente.

-¡No! – Susurró mientras le acariciaba la mejilla. – No, Loreen. No voy a matarte… ¡No sería capaz de hacerlo! Pero esto es muy importante. Por favor; dame lo que quiero.

Ella comenzó a llorar; poco a poco al principio y con temblorosa intensidad después. Mientras Glodar se sentaba a su lado y la cogía cariñosamente entre sus brazos Loreen se dejó llevar por el dolor y la desesperación; por la impotencia y por el miedo.

El miedo a la muerte.

Aquello no podía estar sucediendo.

-¿Glodar?

La desagradable voz de Zett terminó por romper la esperpéntica estampa que se estaba sucediendo. Glodar se separó de Loreen y se levantó. Se deshizo del abrigo (como tantas otras veces había hecho en aquel mismo habitáculo residencial) y comenzó a pasear tranquilamente alrededor del módulo en el que Loreen seguía temblando y llorando.

-¿Si? – Respondió.

-Tenías razón.

-Más vale que te expliques. – Concluyó impaciente. – Te refieres a…

-Tus supuestos al respecto de la búsqueda que estás llevando a cabo. Se encuentra en el habitáculo de descanso. Sobre la ropa, en el suelo. El colgante contiene la información que estabas buscando.

¿Colgante? ¿Qué colgante...

Glodar entró en el habitáculo en el que tantas veces había entrado como amante para hacerlo posiblemente por última vez como asesino. Estaba claro que no podría dejar a Loreen con vida después de haber encontrado la información. ¡Quién lo iba a decir! Un espía de corporativo de tercera llevando a buen término la necesidad más imperiosa de toda la Corporación. Ávidamente buscó el colgante y en seguida lo encontró. Tras enredarlo entre sus manos recordó vagamente haberlo visto en alguna otra ocasión.

-¿Te lo habías puesto en la cena con Drat? – Preguntó realmente interésado desde el habitáculo.

Al poco volvía a compartir espacio con Loreen, sentado de nuevo en el módulo de descanso del habitáculo principal y de nuevo rodeándola con dos de sus brazos

-Zett. ¿Qué es esto? – Preguntó Glodar jugueteando con el collar.

-Un dispositivo corporativo de memoria. El antiguo Sistema Central de este habitáculo nunca podría haberlo descubierto, y la Confederación no rastrea tal tipo de señales por imposibilidad logística además de por no suponer una amenaza tangible. Sin embargo La tecnología corporativa está diseñada para reconocerse; las débiles emisiones captaron mi atención aún entre todos los ruidos existentes a nuestro alrededor.

-Y tu Loreen… ¿Qué dirías que es esto?

La mirada de Loreen no podía separarse de aquella baratija que su padre le había regalado hacía ya tantos años. ¡Era un simple diamante engarzado! ¡Un recuerdo de una niñez algo desamparada! Un vestigio de que una vez hubo alquien que desapareció para no regresar jamás… ¿Qué quería exactamente Glodar que respondiese?

Pero poco importaba lo que ella pudiese contestar; en realidad Glodar no había estado esperando una respuesta por parte de Loreen, por lo que siguió al instante su conversación con su Sistema Central.

-¿Qué contiene?

-Absolutamente todos los estudios publicados y no publicados de Richard Friedkin sobre la generación espontánea/orgánica de energía; su transmisión y conductividad, además de los resultados de pruebas y experimentos al respect…

-...

-¿Zett? – Preguntó Glodar mientras se levantaba nervioso del módulo de descanso. - ¿Zett?

-...

-...

La comunicación se había cortado de repente, pero todavía se podía escuchar, con algo de esfuerzo, un muy ligero zumbido emitido por todos y cada uno de los emisores de sonido de la residencia de Loreen. No podía saberse con seguridad qué había sucedido, pero estaba perfectamente claro que el Sistema de Zett se había encontrado con alguna traba impuesta, casi sin duda (pensaba Glodar) por los protocolos de seguridad de la Confederación.

Pero lo que el linocetasecorípano desconocía y estaba a punto de conocer era que la Confederación no estaba detrás del fallo de su Sistema. Las palabras que escucharon a continuación se encargaron de que tanto Glodar como Loreen, por muy distintos motivos cada uno de ellos, recordasen aquel día con todo detalle para el resto de sus vidas.

-Tu Zett ya no existe. – Se escuchó. - Se lo comió Alcione.

Ambos dirigieron sus miradas hacia la zona desde la que habían llegado aquellas densas palabras. Allí, en el umbral de la compuerta principal del habitáculo, un tenso humano descansaba impávido y sonriente.

Mientras la reacción de Glodar fue avalanzarse de inmediato hacia el minúsculo pero letal disruptor de descargas escondido en uno de los bolsillos de su abrigo, Loreen comprobó cómo todos y cada uno de los músculos de su cuerpo se rendían a la situación y su mente comenzaba a sumirse en la más completa oscuridad, pues la extraordinaria realidad que mostraba cómo sus sueños se manifestaban de tal manera ante ella y en una situación como la que estaba padeciendo, era digna imprenta de la misma locura.

Pero allí estaba él; no cabía ninguna duda. Su Dios-Hombre, su protector, su guardián.

Había llegado.

Para preservarla de todo mal.

lunes, 2 de marzo de 2009

Capítulo 42

-Abyssus abyssus invocat-
(El abismo llama al abismo)



Viejo amigo; queridísimo hermano… ¿Sigues con nosotros? ¿Sigues necesitando de nuestros favores? Somos nosotros los que te necesitamos a ti, tal vez más que nunca, y aunque sólo sea por no perecer definitivamente presas del eterno olvido al que estamos condenados, concédenos siempre un poco, sólo un poco, de tu cariñoso y atento cuidado.
Debemos recordarte que la historia continua según lo previsto, siempre lo mismo, con las mismas necesidades y exactamente las mismas obligaciones. Esperamos fervientemente en todo momento que recuerdes cual es el siguiente paso, pero siempre nos sorprendes, en cierto modo, pues comprobamos cómo una vez tras otra logras olvidar lo que ya viviste y de nuevo experimentarás. Hemos terminado por concluir que tus extremadamente apasionados deseos de reposo y serenidad constantemente son los que te instan de, tal manera, a olvidar de nuevo lo que ya has padecido. Sin duda rememoras a Beatrice a cada segundo de tu vida, pero olvidas recordar que volverás a encontrarte con ella; siempre lo haces.
¡Odded! ¡Despierta! Solamente piensa por un instante cuantas veces has muerto por ella y cuantas más morirás. ¡Levántate de una vez, inútil! ¡Estamos ya cansados de sentir y juzgar siempre lo mismo! ¡Por los dioses que esperamos que algún día halles la manera de que la senda de tu historia cambie de una vez por todas!
¡Dejadlo en paz! Amigos… nosotros también vivimos lo que él mismo padece; sufrimos con el y existimos por el. Nada nos importa a estas alturas que haya sido nuestro querido amigo aquel que nos quitó la vida; desde entonces nos debemos a Odded. No lo olvidéis; y tú, querido y amado, debes ser paciente y tenaz. Al final volverás a verla; volverás a sentirla; a desearla... Pero recuerda esto y acéptalo desde este mismo momento: sucumbirás; y ella lo hará contigo pues asi está marcado y de otra forma no puede ser. Reconócelo ahora; admítelo y abrázalo; No falta mucho para que os encontréis de nuevo y para que ambos… juntos… seáis capaces de afrontar aquello sque os sobrevenga. ¡Despierta entonces! Ya podrás descansar cuando caigas con nosotros en el olvido. Despierta; despierta…

-Odded… despierta. – La cada vez más agradable voz de central acabó por despertar gradualmente a un exageradamente somnoliento Odded, al tiempo que las luces del habitáculo residencial emitían progresivamente más luminosidad intentando molestar lo mínimo posible a un cada vez más despejado Odded.
-Gracias, Cielo. – Logró dejar escapar de sus labios. - Déjalo así; no quiero más luz.
-Como quieras, Odded.
Poco a poco terminó por incorporarse y sentarse en el cómodo camastro mientras apoyaba la cabeza entre sus manos. Se encontraba tan cansado que todo su cuerpo le pedía a gritos volver a acostarse y mandarlo todo a la mierda ¿Por qué no lo hacía? Lenta y torpemente miró su periférico: las diez y veinticinco de la mañana… y todas las horas que su cuerpo había estado sumido en el mundo del por veces incómodo Morfeo no le habían servido para descansar. Su cabeza trabajaba a otro ritmo, esforzándose por entender el contexto en el que se encontraba. Sentía, de un modo que no podía explicar pero que a la vez le era tan familiar, que en aquel momento debía incorporarse y salir en busca… de alguien… o algo.
Un pequeño droide filiforme (primera vez que lo veía en su habitáculo, lo que provocó una pequeña y ligera reacción de sorpresa en Odded) servía en aquellos instantes una bebida densa de agradable olor para desaparecer al poco por una pequeña y disimulada abertura en una de las esquinas del habitáculo.
Mientras lo degustaba con cierto recelo continuaba intentando entender la extraña necesidad de salir de la habitación. Lo mismo había sucedido el día anterior, cuando acabó por conocer al viejo profesor y a su verde y estirado alumno; se encontraba entonces en el lugar que debía ocupar y había hecho lo que el destino le tenía reservado; pero reaccionar a este tipo de sensaciones le resultaba cada vez más agotador, además de angustiante y realmente desesperanzador.
Levantándose de la cama y acercándose a uno de los amplios ventanales comenzó a centrar por fin su atención en sus dos nuevos amigos.
-¿Cielo?
-¿Si, Odded?
-¿Podrías decirme si el profesor y su alumno se encuentran bien?
-Por supuesto, Odded. El profesor Yoet sigue en su habitáculo residencial, y el estudiante Boreazan Veer se dirige en estos instantes hacia la zona política y educacional de Oeveey.
-Vale; perfecto. – Apuró el vaso que Central le había preparado y volvió a sentarse en el camastro.
-¿Te encuentras bien?
La pregunta planteada por Central quedó en el aire; ¿Había sido un tono de preocupación el que los oídos de Odded habían advertido? Tal vez si les hubiese prestado la atención necesaria habría reparado plenamente en aquellas palabras, pero Odded se esforzaba en aquel momento en etiquetar de algún modo todo lo que sucedía, de nuevo, en su cada vez más complicada capacidad de percepción.
Fuera, Oeveey seguía bajo una intensa lluvia.

¿Qué sientes, amor? ¿Inquietud? ¿Impotencia? Ya bastante hacemos por ti desvelándote todo aquello que conocemos y recordamos ¿No crees? Quedándote donde estás no conseguirás más que consumirte a ti mismo. Sal de ahí; camina. Simplemente camina.

-Siempre pienso que voy a disponer de más tiempo…
-¿A qué te refieres, Odded?

Por supuesto; pero por fin vemos que comienzas a ser verdaderamente consciente de nuevo de tu auténtica condición. ¡Pero a qué estás esperando! ¡Ahora toca enfrentarte otra vez a su presencia! ¡Debes volver a encontrala! Olvídate de todo lo demás y céntrate, por favor, pues de ti dependemos también todos nosotros, y a veces parece que lo olvidas… ¿Será porque en realidad quieres olvidarlo? ¡No lo hagas nunca! ¡Sal ahora y enfréntate a todo aquello que se interponga en tu camino!

-Claro… no importa lo que me suceda…si no lo que pueda llegar a evitar.
-Odded… ¿Te encuentras bien?
-¿Qué?... Si, Cielo; claro. No te preocupes.
-Sin embargo no puedo dejar de preocuparme, Odded. No cuando has estado hablando en sueños y también despierto no puedes evitar conversar con alguien que no existe.
Increíble; absolutamente. No respondería a aquellas palabras, pero se aseguraría de tener una conversación al respecto más adelante. Sin dejar pasar más tiempo recogió las ropas que el profesor le había dejado el día anterior y comenzó a vestirse.
-Cielo, pídeme un taxi, por favor.
-Taxi…
-…
-Por supuesto, Odded. Lo más parecido al vehículo de transporte que así denominas acaba de ser avisado. Estará en la salida doce del bloque en tres minutos cuarenta y tres segundos. La transferencia ha sido realizada. ¿A dónde vamos?
-A dar una vuelta, Cielo. Simplemente a dar una vuelta. – Resolvió con cansada voz.
Poco después se encontraban deslizándose velozmente bajo la lluvia sin un objetivo en concreto, sin saber hacia dónde dirigirse. Mientras tanto, al tiempo que Odded esperaba pacientemente algo, cualquier sensación, cosa, señal o lo que fuese que le pudiera indicar donde detenerse o qué hacer, Central continuaba intentando, con todas sus fuerzas, dilucidar el fin último de los actos de su protegido.
Desde que los protectores la habían configurado para salvaguardar la correcta presencia de Odded en la sociedad, había experimentado (como programa) ciertas reacciones a determinadas situaciones que la habían sorprendido. Una cosa era actuar según una programación previa, pero otra muy distinta recapacitar sobre las acciones realizadas… o incluso ser consciente de su propia existencia. Sin embargo, la Teoría de Pret reafirmada por el profesor confirmaba efectivamente la conclusión a la que el anciano dagarv había llegado. Así pues… debía existir alguien (tal vez incluso otro programa) cuya capacidad para configurar las directrices de los programas fuese simplemente extraordinaria. De este modo había que pensar en los propios protectores como los verdaderos artífices de una Unidad Central de Habitáculo capaz de mimetizar reacciones humanas; capaz de simular voluntad.
Siendo de este modo, no era consciente de su propia existencia, sino que su programación recreaba con tal fidelidad tal sensación que era difícil, incluso para la misma Central diferenciar entre realidad o ficción.
De cualquier modo Odded no debía enterarse nunca de que Central existía unicamente para su protección…
-¿Pero por qué?
-¿Cómo dices? – Odded reaccionó ligeramente sobresaltado. Hasta el momento en que las palabras de Central habían llamad su atención, se había dedicado a mirar por la ventana y mantener su mente lo más abierta posible, pero tras la pregunta no pudo evitar que una ligera sonrisa de complicidad. – Parece que no soy el único que no puede evitar… ¿Cómo era?... conversar con alguien que no existe.
-No se trata de eso, Odded. – Respondió algo molesta. No podía creer que hubiese pensado en voz alta… aunque en realidad… no eran pensamientos ¿No? Su programación había forzado tal reacción (emitir por medio de palabras ciertas actividades que se estaban sucediendo inevitablemente a raíz de su configuración), por lo que como concepto dejaba de ser real; sólo era el resultado de algo previamente conformado. ¿De qué servía entonces actuar de tal modo?
-¿De qué, entonces?
-¿Cómo? – No podía estar pasando; había escuchado perfectamente la pregunta de Odded, pero responder con otra pregunta había surgido de forma… natural.
-Que de qué se trata. Si no se trata de “eso”, se tratará de “algo” ¿No?
-Por supuesto, Odded; lo siento. Sólo estaba haciendo aquello para lo que he sido creada.
-Lo cual es…
-Informarte de aquello que solicites y hacer tu vida más cómoda en la medida de lo posible; como cualquier Unidad Central de Habitáculo.
-Claro; como cualquier otra. Después de mi conversación con la extraña pareja me quedó bastante claro que no eres una unidad, digamos, normal.
-En ningún momento realicé acto alguno que no pudiese realizar cualquier Unidad Central.
No se le daba nada mal mentir, aún a pesar de que tal comportamiento formase también parte de sus máximas directrices: no revelar nunca la existencia de la sociedad de los protectores y preservar la existencia de Odded Tyral. Lo cual por otra parte, pensaba Central, planteaba una nueva realidad: Sentía algo por el humano (es decir, creía sentirlo ), pero de haber sido cualquier otro su predilecto habría sentido lo mismo, pues había sido creada para ello.
Y aquello no podía cambiarlo; sólo podía dejarse llevar.
-Tengo una sorpresa para ti, Odded.
Palabras como aquellas sólo podían marcar el inicio de una interesante conversación, y no sería Odded quien no diese pie a continuarla.
-Tú dirás, Cielo. – Dijo mientras buscaba una postura algo más cómoda.
-Desde que fui asignada a tu habitáculo no has dejado de referirte a mi con el apelativo de Cielo, y tras una sencilla búsqueda de significado he terminado por concluir que, aunque amable, no deja de ser un patronímico poco adecuado, a mi parecer.
-Ya habíamos hablado de esto en su momento ¿Recuerdas? No puedes elegir un nombre para ti misma a pesar de poder elegir en cualquier momento qué música voy a escuchar o el desayuno que crees conveniente para mí. Bien sabrá Dios por qué.
-Sin embargo sí puedo, Odded. Tú mismo me lo hiciste ver de manera clara. Inténtalo, dijiste; y así fue. No lo había intentado. Pero ya tengo nombre.
Así que era eso. No parecía tan difícil, pensaba Odded, que un programa informático como aquel pudiese simplemente elegir un nombre al azar y autoasignárselo, pero al parecer no se trataba de una elección tan sencilla.
-No fue fácil elegir un nombre, pero creo que el seleccionado será de tu gusto. ¿Quieres saber cual es?
-Pero Cielo… No se trata de que escojas un nombre que me pueda gustar (ni a mi ni a nadie en concreto), sino uno con el que de algún modo te sientas identificada o cómoda... Mira… - continuó pensativo mientras observaba la cada vez más fuerte lluvia. – Tienes la posibilidad de escoger tu nombre; es una elección demasiado personal como para que pienses en cual puede ser el nombre que a mi me gustaría. En tal caso te lo habría puesto yo mismo (cosa que no quiero hacer bajo ningún concepto); escojas el que escojas no cambiará nuestra… relación. Ni aunque fuese el nombre más inapropiado de la historia.
-…
-¿Quieres saber cual es o no?
Fuera, la lluvia se convertía poco a poco en tormenta, y Odded disfrutó del por desgracia vago recuerdo de la última que sus ojos habían presenciado. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuántas tormentas desde la última vez? Se recordaba tumbado en un extenso prado deleitándose con el tremendo espectáculo. Había sido en Escocia, y si no se equivocaba demasiado… más concretamente en la isla de Jura, aunque tal vez había sido en...
-¿Odded?
La pregunta de Central lo había devuelto a aquel tiempo y lugar en el que su cuerpo se encontraba, a pesar de que su mente no tenía tales límites. Al momento cayó en la cuenta; sentía que allí fuera estaba haciendo el imbécil; había salido instado sin duda por sus propias inquietudes (a pesar de no poder definirlas por completo), imaginando (o deseando imaginar, en todo caso) que en cualquier momento se daría cuenta de… algo… que resolvería su situación de continua incertidumbre y definiría el siguiente de los pasos que se vería obligado a acometer.
-Por favor, de la vuelta. Regresamos.
-¿Quieres saberlo o no?
Vaya con Central; entre la voz algo chillona de niña y el tono que había adjudicado a sus palabras parecía realmente enfadada.
-Por supuesto, Cielo; claro que quiero saberlo. – Respondió con una sonrisa en los labios. – Dispara.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Capítulo 34


-Agis quod adis-
(Haz bien lo que haces)
(Primera parte)



Odded no sabía hasta qué punto sería capaz de asimirlar toda la información que Central le estaba transmitiendo; en cuanto llegasen a su habitáculo, lo primero que haria sería tumbarse en el sofá y descansar y pensar con tranquilidad en el significado de las palabras de Central. Aunque si tenía que ser sincero, su amiga parecía todavía más sorprendida que él mismo. Sorprendida, o al menos en pleno proceso de intentar imitar tal humana capacidad.
Y sin embargo, al mismo tiempo, en apariencia… manifestaba algo más que una simple imitación.
-¿Qué opinas? – Central, tras la charla aclaratoria y la exposición de sus propias deducciones, activaba la apertura de la compuerta de acceso al habitáculo de Odded mientras realizaba la pregunta.
El problema es que Odded no tenía ni idea de cual debería ser la respuesta adecuada.
-Lo que yo opine no cambiará tu… tu verdadera naturaleza. – Dijo todavía asombrado mientras accedía al interior de su residencia; la puerta se cerró a sus espaldas. – De entre los miles de millones de habitantes confederados soy el menos indicado para dar una opinión al respecto. ¿Acaso no recuerdas que apenas se defenderme con el maldito… periférico? – Inmediatamente se quitó la amplia gabarnida de Yko, se tumbó en el módulo de descanso y cerró los ojos en un vano intento por descansar.
-Tal vez necesites escuchar de nuevo toda la situación…
-¡No! – Odded abrió los ojos y se incorporó un poco hasta apoyar los codos en el sofá. – No hace falta. Sólo necesitas a alguien que entienda mejor que yo todas las implicaciones que pueden trascender a lo que has experimentado. – Volvió a dejarse caer sobre el módulo de descanso.
-No se a quien acudir, Odded.
-Ni yo, Cielo. – La cabeza empezaba a dolerle un poco. – Ni yo.
-Pues intentemos resolver esto nosotros mismos.
-¿No puedes intentarlo tú sola? – Tal vez había sonado demasiado despectivo. - Quiero decir… podrías desenvolverte mucho mejor que yo en todos los aspectos, y lo más seguro es que no me necesites para nada. Todo lo contrario a mi caso: Dependo completamente de ti para casi cualquier cosa, Cielo.
-Lo dudo mucho, Odded. Yo no poseo la imperiosa capacidad que tanto anhelo para desarrollar un pensamiento abstracto inherente a toda especie inteligente, siendo como es el camino a seguir en toda relación.
-Ya, pero sólo por medio de las relaciones interpersonales no puedo desenvolverme con garantías en este mundo. De todas formas, antes me has afirmado que creiste ser consciente durante unos segundos de tu propia existencia. ¿Me equivoco?
-No, Odded.
-Deberías empezar por ahí. Seguramente esto sea todo lo que puedo decirte. Analiza los datos que recibiste en esos instantes, por ejemplo, e intenta extraer un patrón. Mira, si no eres una… plataforma central de sistema… - Odded se incorporó hasta quedar sentado. – …ligada a una habitación… o propietario, no tengo ni la más remota idea de cual puede ser la razón de tu existencia. Siempre pensé que eras un robot.
-...
-...
-¿Sigues ahí, Cielo?
-No soy un robot, Odded; al igual que tú no eres humano.
-¿Cómo dices? – Odded, todavía poco acostumbrado a conversar con entidades incorpóreas, levantó la vista al techo de su habitáculo a pesar de escuchar a Central directamente a través del pequeño receptor situado en su oreja derecha.
-Los humanos no resucitan; tú resucitas; por tanto no eres humano.
-Soy humano, y preferiría no hablar del tema. – Aquello era increíble; no se justificaría ante un robot. - Déjalo tal como está.
-...
-Como quieras, Odded. Sólo quería que comprobases la similitud existente entre nuestras condiciones.
-¿Similitud?
-A ojos de los demás pareces ser algo que en realidad no eres, al igual que yo. La única diferencia es que tú lo sabes desde siempre, imagino, y yo acabo de admitirlo.
-No querría cambiar tan drásticamente de tema - bueno, en el fondo sí querría, pensó. -, pero… o mucho me equivoco, o acabas de decir que imaginas.
-...
-Lo he dicho, Odded.
-Imaginar un posible resultado a una operación de la que todavía no poseemos la solución, implica directamente un pensamiento abstracto. Entonces, lo único que puedo plantear es que crees que imaginas o que tu programación te indica que simulas que imaginas ¿Cuál de las dos opciones es correcta?
-...
-Creo que imagino.
-¿Seguro?
-...
-Creo que si.
-Así que crees… - susurró cansado y algo abatido.
Odded se levantó pesadamente del sofá y se dirigió al lavabo. Tras pensarlo sólo un momento, se quitó el auricular y la pequeña mochila de la espalda. Poco después Central había preparado el compensador neuronal para Odded; lo programó para el mínimo tiempo permitido y le brindó la posibilidad de mantenerlo consciente para continuar discutiendo el tema que trataban, pero Odded se negó; por mucho que odiase la sensación de cuasi ahogamiento que le provocaba, en aquellos instantes entrar en el compensador le permitiría descansar lo suficiente como para intentar percibir el asunto con cierta perspectiva.
A los tres segundos de colmarse el compensador neuronal, Odded comenzó a perder la consciencia hasta quedar completamente dormido.
El habitáculo estaba casi completamente a oscuras, y recibía únicamente la tenue y verdosa iluminación procedente del tanque de conpensación y la de un par de azules destellos continuos de los monitores de la pared.
Al verde y al azul se unió entonces el fuerte magenta de la representación holográfica de Central que Odded volvería una vez más a no apreciar.
Central se acercó lentamente al tanque de contención en el que descansaba su dueño, y más despacio todavía levantó una mano para intentar tocar la superficie de cristal de la cápsula en la que descansaba Odded.
Decía que no podía ayudarle; que no entendía nada de lo que veía a su alrededor, y al parecer mucho menos podría llegar a concebir una experiencia como la que ella le había relatado.
Se separó de la cápsula de compensación para acercarse a una de las pantallas de comunicación cercanas a la puerta de acceso del habitáculo. Para su representación holográfica sólo existían coordenadas espaciales, nunca interacción con el espacio circundante, pero tal vez desplazarse recreando una simulación de la gravedad y condiciones externas y de las limitaciones de los seres humanos podría ayudarle en cierto modo a entender.
Envió la orden de encender las luces, para simular ver mejor; Configuró unas ropas de distintas carácterísticas para su representación, basándose en los principios de movilidad, comodidad y tendencias del momento. Reprogramó las posibilidades de iluminación del proyector del habitáculo para que su representación fuese menos irreal, más opaca, menos… magenta; aunque poco pudo hacer al respecto más que oscurecer un poco su etérea figura; Quiso insertar una salida de su en realidad inexistente periférico de comunicaciones en la entrada del monitor-comunicador de la pared.
¿Por qué hacerlo si conocía de antemano el resultado de dicha acción?
Sabía que no podía interactuar con el medio; aquel fingido cable de conexión nunca podría alcanzar su objetivo.
La volátil niña frente a la pantalla de comunicaciones golpeó el suelo con el pie y ningún sonido acompañó a aquel movimiento, aunque no fue precisamente la ausencia de sonido lo que llamó su atención: en ningún momento había configurado tal fútil acción. Porque aquella patada al suelo era sin duda un acto verdaderamente inútil, al igual, en cierto modo, que intentar insertar la salida de su periférico en la pantalla; pero la diferencia radicaba en que ella nunca había querido golpear la superficie del habitáculo.
Si hubiese alguien consciente en la residencia de Odded, habría advertido una momentánea y muy leve disrupción en la imagen holográfica de Central.
Tenía que pedir la ayuda y el consejo de alguien.
Al momento preparó una conexión directa con la residencia del profesor Yoet. Utilizaría las conexiones instauradas por la Confederación, como no podía ser de otro modo, pero anularía cualquier evidencia sobre la presencia de la conferencia que esperaba mantener con aquel prestigioso dagarv.
Aquella era otra de las capacidades que había descubierto tras su anterior experiencia a través de la datored confederada: realizar de manera instintiva o intuitiva cualquier acción que pudiese imaginar en el nivel de la red de comunicaciones. Ni siquiera podría explicar cómo lo hacía, pues simplemente sentía que quería que así fuese. Por otra parte era de suponer que podría analizar sus actuaciones y convertirlas en datos para averiguar cuales eran los pasos que daba cada vez que se comportaba de tal manera, tanto en cuanto que como Sistema Central, debería poseer en algún lugar una base de datos que almacenase sus registros de actividad.
Decidió hacerlo, lo que no le impediría en esta ocasión y a diferencia de cuando intentó ayudar a Odded, mantener la conversación que deseaba con el profesor. ¿Por qué razón no había hecho aquello antes? Había desplazado toda su atención en resolver los asuntos de Odded y sus recientes compañeros, hasta que encontró lo que encontró y descubrió lo que descubrió, pero en realidad no sabía que podía separar su existencia en varias partes y atender varios asuntos a la vez.
Decidió continuar con la simulación de su proyección holográfica para cuando contactase con el profesor Yoet; utilizó los conductores de sonido del habitácuo al que la habían asignado a Odded los protectores y golpeó de nuevo el suelo, esta vez de manera consciente, y un sordo y seco sonido creado por ella misma acompañó al movimiento; Insertó fútilmente una salida de su inútil periférico de comunicaciones en la entrada correspondiente del pequeño monitor y configuró las coordenadas de su representación para soportar el inexistente cable aparentemente conectado y poder desplazarse hasta el módulo de descanso para sentarse y mantener desde allí la conversación con el profesor. Lo que ella tuviese que decir se escucharía por los conductores de sonido.
A los pocos segundos, con parte de su consciencia desplazada para intentar encontrar los registros de sus acciones desde su misma programación, y transportada también una pequeña parte para averiguar la posible relación de su existencia (más allá de la mera programación) con la organización de los protectores, comenzó su conexión con la residencia del profesor Yoet.
Su primer contacto con la residencia se produjo a través del Sistema Central de la estancia en la que se encontraba Yoet, pero a Central le pareció una consciencia artificial tan simple, tan inteligible, tan… arcaica, que no pudo evitar sobrepasar instantáneamente sus registros y evitar así un contacto perfectamente valorado como innecesario y completamente superfluo. Simplemente activó la pantalla del habitáculo en el que se encontraba el profesor e inició la conversación a través de los conductores de sonido.
-¿Profesor Yoet?

domingo, 2 de noviembre de 2008

Capítulo 30


- Amo homerum, ergo extat-
(Me gusta Homero, luego existe)



Odded había decidido acercarse hasta su habitáculo. Sólo habían pasado tres horas desde que había salido de la residencia del profesor Yoet y Central todavía no había regresado de donde diablos se encontrase, pero estaba harto de dar vueltas por el oscurecido y tormentoso cielo de Oeveey. Todavía continuaba lloviendo con fuerza.
Ante todo, tenía que admitir dos cosas: la primera, que durante al menos algún tiempo había logrado olvidarse de todos los problemas que asediaban su actual situación, y segundo, que las vistas desde allí arriba eran realmente espectaculares.
La ciudad se repartía en seis zonas muy diferenciadas, cinco de las cuales rodeaban a un sector central de mayores dimensiones; dicha zona central constaba de siete grandes torres (sobre cada una de las cuales se instalaba una ciclópea Sede médica) y, siempre según la información extraída de las interesantes y reveladoras conversaciones con el… taxista, se trataba del centro residencial de Oeveey: en las torres residía toda la ciudadanía de la ingente urbe, ademas de acoger cada una, en los niveles inferiores, cierta variedad de locales sociales, poco importantes sucursales empresariales y centros comerciales de escasa categoría; un poco de todo, pero a pequeña escala.
Al parecer las otras cinco zonas cubrían las importantísimas necesidades del comercio (una amplia zona en la que se encontraban la inmensa mayoría de los centros de distribución de comercio más importantes del planeta), la política (todo un sector habilitado para las reuniones de los máximos dirigentes empresariales y políticos de las que Odded ya conocía su existencia gracias a Central, además de acoger el alma mater de la educación de Oeveey, las Sedes centrales de Seguridad, y las principales sucursales empresariales confederadas), el ocio (donde se podían encontrar un sin fin de tipos de locales sobre los cuales Odded oía hablar por primera vez), los deportes (lugar de entrenamiento más desarrollado de los deportistas de élite de la Confederación) y los deplazamientos y transportes de medio y largo recorrido (sector de llegada y salida de las grandes naves de transporte de pasajeros interplanetario e intraplanetario, y también de las mercancías que posteriormente se trasladaban a la zona comercial).
En el corazón de la ciudad, justo en el centro, rodeado de las siete inmensas torres se emplazaba un parque de tales dimensiones que podría perfectamente competir con la (imaginaba destrozada e inexistente a estas alturas) selva amazónica terrestre.
¿Qué habría sido de la tierra? No podía decir que la recordase en buenas condiciones; ni siquiera podía decir que la añorase demasiado; simplemente se trataba de cierta curiosidad. La última vez que había estado allí había sido… Bueno, no podía recordarlo; pero hacía demasiado tiempo, eso seguro. Si no estuviese tan preocupado por el importante asunto que comenzaba a tener entre manos, posiblemente se embarcaría en un largo viaje para volver a ver su querido planeta. Pero sólo por curiosidad.
Un viaje. Claro; esa era otra. ¿Dónde estaba la Tierra?
-Disculpe. Hemos llegado.
El conductor lo había sacado de su ensimismamiento. Odded miró a través de la ventanilla y comprobó que estaban anclados a la entrada doce del bloque urbanita en el que se encontraba su habitáculo. ¿Había actuado correctamente desplazándose hasta allí? Sin Central guiando sus pasos, se sentía como un niño perdido intentando encontrar el camino de regreso a casa en un peligroso mundo de adultos.
Odded recordó de qué manera había abierto Boreazan la compuerta de aquel otro taxi; realizó los mismos movimientos y la puerta se deslizó hacia arriba.
-¡Oiga!
-¿Si?
respondió Odded a punto de salir del vehículo. Vaya, pensó de inmediato, tengo que pagar el viaje, claro.Disculpe; enseguida le pago la carrera. – Odded se detuvo un instante, y añadió: - ¿Podría decirme cómo?
Gracias al cielo aquel conductor era paciente, y tras guiar sus movimientos y las operaciones a realizar con el periférico, se despidió de Odded con un amable saludo y mucha mucha mucha suerte en el futuro, que la iba a necesitar. ¿Por qué habría sido tan insistente en eso último?
Ya en el acceso de la entrada doce se detuvo un momento, entre los cientos de personas que esperaban un vehículo o acababan de llegar, para calibrar seriamente su situación. Dirigirse hacia el complejo residencial en el que se ubicaba su habitáculo podría parecer una soberana estupidez (al menos, eso pensaba él mismo), pero, en cierto modo, quería pensar que prefería enfrentarse directamente a cualquier problema, antes que sentarse a esperar quién sabe qué.
Estúpido.
Absolutamente estúpido.
En la compuerta de acceso a los pasillos del complejo había dos guardas de la seguridad del edificio, lo que suponía el primero de los controles que debería atravesar antes de entrar en su habitáculo. Todavía no se decidía a acercarse a ellos, cuando la cítrica (pero esta vez también muy dulce) voz de Central llegó hasta sus oidos.
-¿Odded?
-… ¿Cielo?Susurró Odded. - ¡Estás aquí! Sabía que volverías de un momento a otro.Dijo en un tono todavía más bajo. - No me preguntes cómo, pero en el fondo estaba seguro. ¿Dónde estabas?Odded, todavía en la entrada de vehículos, se apoyó algo inquieto contra una de las paredes de la zona del tránsito peatonal que conectaba con los pasillos del complejo.
-Discúlpame por dejarte solo tanto tiempo, Odded. Sube inmediatamente a tu habitáculo y entra en el compensador neuronal.
-Llegas dando órdenes…Odded estaba sorprendido. - De acuerdo, como digas, pero explícame qué ha pasado.Dijo mientras se dirigía hacia los pasillos. - ¿Puedo pasar los controles de seguridad sin problema?
-Si, Odded. Todo está arreglado, pero debes entrar en el compensador antes de que conste tu negativa a usarlo.
Odded miró su periférico: las dos y diecinueve de la madrugada del día siete. ¿Cuándo había sido la última vez que había utilizado el compensador? En la madrugada anterior, sobre las tres de la mañana, creía recordar. Todavía quedaba tiempo para entrar en el compensador. Pero más importante era saber qué había descubierto Central y dónde había estado.
Juntos se dirigieron hacia el primer control donde esperaban pacientes los guardas, mientras Central comenzaba a narrar la terrible odisea que experimentó desde el mismo momento en que había decidido ayudarles a resolver su complicada situación.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Capítulo 27


-Pacta sunt Servanda-

(Los pactos son para cumplirse)


El vehículo de desplazamiento solicitado los había recogido en una de las salidas de las laberínticas callejuelas que daban a la zona trasera del local social. No era demasiado habitual que uno de aquellos vehículos descendiese al nivel del suelo en una zona tan solitaria y a horas tan intempestivas, pero el conductor resultó ser un viejo conocido del profesor (así lo había pedido explícitamente Yoet a la empresa de vehículos de transporte), por lo que tras un breve intercambio de saludos y amables y sinceras preguntas sobre las familias de ambos, el conductor no reparó siquiera (o no quiso hacerlo) en el terrible y desaliñado aspecto del humano que acompañaba a su antiguo y buen amigo y al veridai.

En aquellos precisos instantes (aproximadamente unos quince minutos después de lo sucedido en el local) el tormentoso cielo comenzaba a descargar la dulce y habitual lluvia mientras el vehículo se desplazaba a gran velocidad en medio del transitado tráfico a la altura del nivel de vía setenta y dos, lo que correspondía con una elevación de trescientos sesenta metros sobre la superficie del nivel uno; todavía tardarían, en gran medida debido al tráfico en cotas tan elevadas, al menos otros quince minutos. La residencia del profesor no estaba lejos.

Las desgracias nunca venían solas, o al menos eso era lo que pensaba el joven Boreazan: La primera de ellas, aunque no la más grave, era la aparición de su viejo amigo Szawmazs cuando ya creía haber escapado (y haber logrado olvidarse definitivamente) de los terribles y angustiosos sucesos del pasado; y la segunda (la verdadera desgracia que Boreazan no podía quitarse de la cabeza), la muerte del mismo Szawmazs a manos de aquel humano. A partir de entonces no existiría la compasión.

Si alguien tan obtuso y poco sutil como Szawmazs le había encontrado, era seguro que cualquier otro miembro de la familia Vezsmna podría hacerlo de nuevo. ¿Tanto se había descuidado en los últimos tres años? ¿Tanto había bajado la guardia? No lo creía: actuaba siempre con sumo cuidado cuando se conectaba a la datored confederada (cambiando continuamente las medidas de seguridad y los protocolos de identificación para que su identidad verdadera se mantuviese de continuo en el más absoluto anonimato); cambiaba de residencia física cada poco tiempo, y nunca frecuentaba los mismos lugares. Pero estaba claro que aquel planeta, y aquella ciudad en particular, se habían encargado de mostrarle cómo nacía en cualquier ser la sensación de poder llamar a algún sitio “hogar”, sobre todo después de tanto tiempo sin uno propio.

Al poco de conocer al profesor Yoet Yke, decidió instalarse permanentemente en Oeveey, por lo que tal decisión tuvo que ser lo que provocó que le encontrasen; sabía desde un principio que se arriesgaba mucho, tal vez innecesariamente, pero por aquellas fechas su deseo de vivir tranquilamente el tiempo que le quedase era sensiblemente superior al de continuar escapando. Cuando vio a Szawmazs en el local, además del lógico miedo, sintió que por lo menos aquellos tres últimos años los había vivido en paz y rodeado de verdaderos amigos como el profesor. El hecho de que aquel humano hubiese evitado su segura muerte en aquel local social sólo retrasaba el que sin duda volviesen a encontrarle, por lo que hasta entonces viviría esperando una muerte lenta y dolorosa.

Gran favor: Otro descendiente del gran Hegemon Lozswas Vezsmna cuya muerte se relacionaba directamente con Boreazan Veer. ¿O tal vez debería volver a cambiar de nombre y comenzar de nuevo su huida?

Pero hacia dónde, pensó el veridai, hacia donde podría escapar si nunca olvidaría lo feliz que había sido en Oeveey, su hogar…

-Mi hogar. – Dijo susurrando sin darse cuenta, mientras observaba el constante fluir de todo tipo de vehículos a través de las diminutas ventanas del transporte en el que se encontraban.

-¿Cómo? – Boreazan escuchó entonces la voz del profesor. Tanto Yoet como el humano habían salido de su propio ensimismamiento y lo miraban profundamente extrañados. - ¿Qué decías?

No quiso responder; no tenía fuerzas para explicar todo aquello que sentía. Desvió la mirada y siguió observando el artificial paisaje, sólo para darse cuenta de que ya estaban llegando al edificio en el que vivía el profesor. El vehículo se desvió apartándose ligeramente de las rutas por las que discurría el tráfico; pocos segundos después estaba sujeto al sistema de anclaje estándar del piso ciento catorce, justo enfrente del portal de acceso para vehículos de la residencia del profesor Yoet.

-Gracias por traernos, Jhalhajedh; saluda a tu mujer de mi parte. – Dijo el profesor mientras se diponía a insertar uno de los cables de su periférico en la entrada de registros del vehículo público.

-Profesor Yoet – replicó rápidamente el conductor. –, no se moleste en intentar pagar el viaje. El programa de registros lleva fallando un par de días, al igual que el sistema de seguimiento e imagen; tendré que llevarlo a que lo reparen.

Yoet observó el monitor de transferencia de créditos y las entradas del sistema de registros del vehículo; todo parecía estar en perfecto estado, al igual que la pantalla de la derecha del conductor, en la cual podían reconocerse perfectamente sentados los tres en la parte de atrás. Además, sólo había una cosa en todo el universo que Jhalhajedh mimase mejor que su vehículo: su mujer Vhrieida.

Así que era eso; el vehículo no necesitaba ninguna reparación. Todo funcionaba correctamente; y seguramente la pantalla ni siquiera estaba transmitiendo. Jhalhajedh era un buen amigo; tal vez debería invitarlo junto a su amable mujer a cenar alguna que otra noche, como hacían antes del ingreso de Yoet en la Universidad Central de Toram como instructor educacional.

-Pues muchísimas gracias por todo, Jhalhajedh. – Respondió el profesor mientras tecleaba en su periférico la clave para abrir la compuerta de acceso para vehículos de su residencia.

Boreazan, mientras tanto, ya había deslizado hacia arriba la compuerta del vehículo. Los tres entraron en un amplio y oscuro habitáculo que pertenecía a la residencia del profesor Yoet.

-Pasad, – invitó Yoet. – pasad mientras cierro la compuerta. Aquí solemos guardar nuestros vehículos, aunque ahora lo veais vacío. Eso sólo me hace pensar que mi mujer no ha llegado todavía de su ocupación y que mi hijo Yko ha vuelto a coger mi viejo transporte sin permiso.

Una vez cerrada la compuerta de acceso a vehículos, Boreazan y Odded siguieron al profesor sin decir palabra a través de la austera y ahora tenuemente iluminada sala, hacia una compuerta metálica y deslizante situada en el extremo más alejado.

-Pasad – volvió a repetir Yoet mientras abría la puerta. –… podeis sentaros donde querais, pero sobre todo intentad descansar, yo vendré enseguida. Central: Luces.

La sala se iluminó por completo mientras el profesor se alejaba hacia una de las innumerables puertas que se veían, pronunciando en voz bastante alta los nombres de los integrantes de su familia. Aquel habitáculo era sencillamente impresionante, decorado hasta cubrir todo el espacio disponible, suntuoso y avasallador, solemne y aparatoso. Boreazan nunca habría adivinado que este era el gusto del profesor; más bien se habría inclinado, en caso de verse obligado a imaginarlo, por algo más parecido al habitáculo que acababan de dejar atrás. Pero por supuesto no podía haberlo sabido, porque en casi tres años de gran amistad, aquella era la primera vez que Yoet le enseñaba a su alumno su residencia; y aquel humano el primer día ya estaba allí.

Claro que el contexto era bastante inhabitual.

Boreazan se tumbó cuan largo era en el enorme módulo de descanso del centro de la sala y cerró los ojos, manteniendo en su rostro una grave y preocupada expresión; Odded, sin embargo, prefirió quedarse de pie, aproximadamente en el centro del espacio al que habían accedido. Boreazan abrió de nuevo los ojos y se fijó en él pausadamente, tal vez por vez primera desde el altercado que habría de suponer la futura y horrible muerte del veridai a manos de cualquiera de los Vezsmna; aquel humano parecía hablar solo, moviéndose inquieto un paso adelante y otro atrás. ¿Por qué estaría nervioso?

Odded no dejaba de pensar en las consecuencias de lo sucedido en el local social.

-Cielo.

-Si, Odded.

-¿Podrías decirme cómo está la situación? – Odded no dejaba de preocuparse por no manchar demasiado el señorial y pomposo habitáculo de aquel dagarv; no quería recordar cómo había dejado el taxi.

-Por supuesto, Odded. Hace doce minutos el encargado del local avisó a la Seguridad Terrestre. Cuatro minutos más tarde las Seciones doscientos cuarenta y nueve, doscientos cincuenta y seis y doscientos cincuenta y siete de Seguridad Terrestre llegaron al lugar del suceso. Han sido introducidas en la datored confederada vuestras descripciones aproximadas. He de decir que en lo que a ti se refiere, no han hecho justicia.

-¿Eso ha sido una broma o un cumplido?

-Ninguna de las dos cosas, Odded. Simplemente una imitación muy primaria de tus recursos linguísticos.

-Vale. – Continuó susurrando Odded al tiempo que esgrimía una sonrisa de complicidad. Por un momento Central había conseguido que olvidase el grave y embarazoso lío en el que sin duda, por lo que estaba comprobando, estaban metidos los tres. - ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-Hace cuatro minutos la orden de búsqueda ha sido desplazada a la Seguridad Aérea. Gracias a la artimaña del conductor del vehículo en el que llegásteis y al lugar en el que os encontráis, Seguridad Aérea no conoce todavía vuestra situación.

-Creí entender que la Confederación sabía exactamente dónde se encontraban todos y cada uno de los ciudadanos de su territorio en todo momento. – Odded decidió dejar de dar pequeños pasos de un lado para otro; estaba dejando el suelo como un lodazal ensangrentado. Sería mejor que se cambiase de ropa cuanto antes.

-Los estratos más altos de la sociedad no cargan con ese tipo de vigilancia, Odded, y este parece ser el caso del profesor Yoet Yke. Aún así sólo es cuestión de tiempo que identifiquen su descripción, rastreen la última señal de vuestros periféricos y os encuentren.

-¿Me han identificado a mi?

-Las Secciones ochenta y nueve y noventa y cuatro de Seguridad Aérea y la Sección veintitrés de Seguridad Convencional se dirigen en estos precisos instantes hacia tu habitáculo. Las Secciones ciento doce y ciento setenta y seis de Seguridad Aérea y la Sección dieciseis de Seguridad Convencional del bloque urbanita 14J están entrando en el habitáculo del estudiante Boreazan Veer.

Odded desvió su atención hacia el joven y estirado veridai que descansaba en aquella suerte de sofá, completa y aparentemente tranquilo y por completo ajeno a la situación.

-¿Qué le pasará? – preguntó Odded.

-Será llevado con toda probabilidad a la Sede de Seguridad más cercana, donde será interrogado y posteriormente puesto en libertad.

-¿Seguro? Entonces no es mayor problema…

-Espera un momento, Odded.

-...

-¿Qué sucede, Cielo?

-...

-¿Cielo?

-Odded. Si encuentran a Boreazan y lo trasladan para su interrogatorio abrirán su ficha para anotar el incidente en su registro de vida.

-Bien… No entiendo, Cielo ¿Cual es el problema?

-No tiene, Odded. No tiene registro de vida; casi toda la información sobre Boreazan Veer aparentemente existente en la datored confederada no es más que una ilusión, y lo poco que hay es muy probablemente falso. El hecho de que la Confederación todavía no haya reparado en tal situación es que la falsificación de los datos ha sido introducida directamente en la base de datos de Oeveey sin pasar antes por la Sección de Almacenamiento y registro de Datos que la Confederación posee en Toram, la principal de esta parte de la galaxia. Pero a poco que su expediente salga a relucir por cualquier causa, por carente de importancia o leve que ésta sea, lo descubrirán.

-Vaya. – Odded volvió a fijar su atención en aquel joven veridai con una historia algo más complicada de lo que se podía llegar a suponer en un principio - ¿Puedes hacer algo? No sólo por él, sino por nosotros. No se hasta que punto llegan tus habilidades. Tal vez podrías ponerme en contacto… no se… no se me ocurre nada. ¿Qué harías tú en mi situación?

-Salir del planeta de manera clandestina.

-¿Qué… - Odded no daba crédito. - ¿Es otra broma?

-No, Odded. Pero dejaremos esa opción como último recurso. Veré qué puedo hacer.

Odded ya no estaba tan tranquilo. Miró su periférico: las diez y treinta y seis del día seis de Septiembre del año tres mil ochocientos veinticuatro. ¿Qué diablos estaba haciendo en aquel tiempo y lugar? ¿Quién le había mandado despertar?


No nos digas que realmente no lo sabes, nuestro gran amigo Odded; la historia tiende a repetirse ¿No crees? Sólo falta que aparezca alguien como Beatrice. ¿La reconocerás? ¿Te darás cuenta entonces? ¿Llegarás a verlo claramente cuando ella aparezca?

Pero tranquilo; no te preocupes; no sufras innecesariamente desde un principio; no llores la muerte de alguien que todavía no ha muerto. Pero cuando suceda, cuando tu destino vuelva a alcanzarte, cuando el verdadero amor que alimenta tu existencia alcance la muerte, no te dejaremos caer en el más profundo de los abismos. Estaremos siempre a tu lado. La Parca nunca vencerá en modo alguno a la memoria.


El profesor reapareció por una de las innumerables compuertas de la enorme sala. Traía una bolsa grande y liviana que ofreció a Odded en cuanto llegó a su altura.

-Toma; pruébate esta ropa. Es de mi hijo Yko, y creo que te servirán. Puedes limpiarte y cambiarte en la sala tras esa compuerta. – Y añadió dirigiéndose a Boreazan. – Tu y yo esperaremos a que nuestro amigo Odded termine, preparando algunas bebidas que nos calmen un poco y nos ayuden a pensar qué hacer a partir de ahora; todos tenemos mucho de lo que hablar.

Poco después las bebidas ya estaban preparadas y un Odded limpio y reluciente los acompañó a otra sala, más pequeña y acogedora; empezaba a quedar claro que la decoración anterior había sido obra de otra persona; tal vez de la mujer del profesor, porque el, en cierto modo, reducido espacio en el que se encontraban (se trataba de un habitáculo de aproximadamente diez por diez metros por tres de alto) sólo tenía por elementos decorativos dos extraños pedruscos del tamaño de un puño, uno rojo y otro azul, situados sobre la superficie de una vieja mesa metálica de despacho. A mayores había tres sillas metálicas aparentemente bastante incómodas y tras la mesa, un amplio ventanal que presidía imponente la habitación.

-Por favor, no os quedéis de pie. – Dijo el profesor mientras activaba un panel oculto en la pared; al parecer toda la superficie lateral del habitáculo era como una especie de archivador: al presionar en ciertos lugares, una especie de profundo compartimento salía hacia fuera lentamente.

De uno de esos cajones extrajo el profesor una extraña y negra figura de forma piramidal con base triangular y una altura aproximada de cinco centímetros que dejó sobre la mesa.

-¿Una anulador corporativista? – Dijo sorprendido Boreazan inclinándose hacia delante en la silla.

-No, en absoluto. – Respondió con presteza Yoet. ¿Y cómo sabes tú lo que es?, pensó.

Ambos se miraron extrañados, y cualquiera que presenciase la situación desde el exterior (como Odded en este caso, por ejemplo) creería apreciar desconfianza y resquemor entre aquellos dos individuos; pero lo que en verdad expresaban sus miradas era extraordinaria curiosidad; como si se acabasen de conocer apenas tres días atrás, y no tres años; como si no fuesen profesor y alumno, sino unos completos desconocidos.

-Bueno, Boreazan; primero tus amigos del local y ahora esto… – El profesor, con expresión de duda, había roto el hielo. – Pero entiendo con absoluta certeza que ciertas historias sólo deben ser relatadas cuando el narrador se sienta preparado; así pues, lo dejo en tus manos.

Acto seguido oprimió un inapreciable botón en el pico de la pirámide y ésta comenzó a emitir un leve zumbido en absoluto molesto.

-Ahora es cuando deberías haberte sorprendido, mi al parecer no tan aventajado alumno - continuó Yoet. –, porque a pesar de que la Confederación no mantiene mi residencia en vigilancia como le sucede a las clases media y baja, tu estupefacto cuando estúpido comentario ha sido registrado por el Sistema Central de mi austera vivienda; sólo espero que nadie comienze a rebuscar en los archivos de sonido. – El profesor se dirigió entonces a Odded. – Podemos hablar con total libertad. ¿Quién quiere empezar?

El veridai se mostraba algo impaciente. De repente se incorporó de su asiento y comenzó a pasear intranquilo por el habitáculo mientras Odded intentaba volver a cerrar uno de aquellos cajones que había abierto sin querer al apoyarse contra la pared.

-¡Empezaré yo mismo, si no os importa! – Comenzó a decir un nervioso Boreazan. - ¿De dónde has salido? – Su pregunta iba dirigida al humano, quien se volvió hacia el joven, con actitud cansada. – Hablas de manera extraña y con algunas expresiones que sólo se encuentran en los documentos más antiguos; llegas al local y te metes en una situación que no te incumbe en absoluto ¡Y a mayores presenciamos tu muerte y tu resurrección! ¡Y por cierto que nadie que tenga barba se la recorta de tal manera!

-¡Boreazan! – Advirtió el profesor. - ¡Muestra más respeto a quien nos salvó de una muerte segura!

-¡Esa es la cuestión, profesor! Usted nunca estuvo en verdadero peligro, y aunque mi muerte era inevitable, sería una muerte rápida e indolora. Ahora que Szawmazs y sus hombres están muertos, el tiempo de vida que este humano me ha regalado lo pasaré imaginando cómo y de que cruel manera obtendré la muerte de manos de algún otro de los familiares de Szawmazs.

Boreazan apuró el zumo de su copa con gesto irascible.

-¿No tiene algo más fuerte?

El profesor se levantó pausadamente, con una profunda expresión de tristeza en su viejo rostro, y se acercó a otra de las planchas de la pared para presionarla y extraer del interior del cajón un curioso recipiente que dejó encima de la mesa; de paso se acercó al lugar en el que estaba Odded y cerró también la que accidentalmente el humano había abierto al apoyarse en la pared, de nuevo con gesto cansado.

-Escúchame bien Boreazan – comenzó a decir Odded mientras dejaba paso al profesor –, pues tienes otros problemas bastante más inmediatos de los que preocuparte antes de que te encuentren los familiares de tu amigo. - Esta vez fue Odded quien se sentó cerca de la mesa. – Por lo que tengo entendido varias unidades de seguridad… o secciones, que es como creo que se llaman… se encuentran dentro de tu habitácuo residencial en tu busca - la expresión del estirado veridai cambió de ira a asombro. –, y también algunas secciones se dirigen a mi piso… residencia, para interrogarme sobre lo sucedido en el local; imagino que a estas alturas ya estarán entrando…

El profesor tiró por descuido y con gesto nervioso la copa que tenía enfrente.

-Pero… ¿Por qué no están ya aquí?... en mi casa…

-Todavía no le han identificado, profesor; pero es cuestión de tiempo.

-¡Vale, basta! ¿Cómo sabes tú todo eso?

-Llevo conmigo mi… ¿Módulo Central? Es una placa pequeña y dorada…

-La plataforma principal del sistema central asignado a tu habitáculo, sea cual sea. – Ayudó impaciente Boreazan.

-Si, exacto. En esta mochila. Estos cables conectados a ella…

-¿Vas a darnos lecciones sobre lo que claramente conocemos mejor que tú?

-Boreazan, por favor; simplemente escucha lo que Odded tiene que decirnos. Intenta relajarte.

-Como decía, esta Central me ha avisado de la situación…

-¡Imposible! – Boreazan no podía soportarlo más. - ¡Ninguna plataforma central de habitáculo puede acceder a tal información! ¡Simplemente son conectores a la datored confederada con unas prioridades de enlace y comunicación muy definidas y primarias! – Dijo buscando la aprobación del profesor.

Aquello era muy interesante. Si Central era algo más que un simple sistema Central de habitáculo, posiblemente no habría sido cedida por la Confederación… ¿Habría sido entonces cosa de los protectores? Desconocía cuales habrían sido las evoluciones de esa secreta sociedad con el paso de los años. Tal vez había metido la pata comentando lo de central, pero ya no había vuelta de hoja.

-Mira… sólo intenta imaginar que lo que digo es cierto; – respondió Odded. – como antes afirmaste, apenas conozco lo más basico de esta sociedad.

-Perdona mi indiscreción, pero… - El profesor terminaba de limpiar el derramado zumo sobre la mesa. - ¿Podemos saber de dónde eres?

-Vaya… creo que es información pública. Puede buscarlo en la red de datos y leersela a su alumno si quiere. A lo mejor así sabría algo de aquel al que tanto parece odiar.

Boreazan no dejó que el profesor buscase aquella información; conectó, con el permiso de Yoet, su periférico a una (ahora la veía Odded) pequeña pantalla camuflada sobre la superficie de la mesa. Ambos, profesor y alumno, leyeron con calma la ficha del humano.

-Así que somos colegas. – Dijo el profesor observando todavía el monitor. – Es más: - Levantó la vista en dirección a Odded - creo que Boreazan se había matriculado en una de tus clases para este período educacional.

El veridai se había sentado de nuevo en la silla vacía, con la copa llena de un líquido pardo-rojizo que al parecer había aceptado como suficientemente fuerte; estaba ausente, y pronto Yoet y Odded comprendieron que saldría de aquel estado sólo cuando él mismo quisiese; no podrían convencerle.

-Ya ha visto mis datos.

-Sé lo que he visto. – Respondió el anciano dagarv. – Pero nada de lo que aquí está plasmado explica en modo alguno lo que hemos presenciado en el local.

Así que era eso, pensó Odded. Si hubiese sido un poco más cuidadoso, no estaría viviendo de nuevo la siempre penosa situación de tener que explicar su condición.

Sin embargo un pequeño piloto azulado se iluminó de repente en una de las esquinas de la mesa. El profesor conectó uno de los cables de su periférico a otra entrada del tablero metálico (¿Cuántos secretos más tendría aquel mueble?) y observó durante un par de segundos la pantalla.

-Tendréis que disculparme un momento. – Comenzó a decir. – Mi hijo Yter ha salido del compensador neuronal y mi mujer ha llegado. Volveré a estar con vosotros en dos minutos. – Dicho lo cual se incorporó y salió de la estancia.

Odded se levantó de nuevo y se acercó al amplio ventanal; en el exterior continuaba lloviendo, tal vez con más fuerza que antes, lo que por otra parte no desmerecía en absoluto el terrible por increíble paisaje que su mente tardaría todavía unos días (¿Semanas?) en asimilar. El tráfico seguía siendo muy intenso (¿Se reduciría en algún momento?), pero a pesar de que las vías de tránsito no parecían estar alejadas más que unos pocos metros, dentro del habitáculo el sonido de exterior era completamente nulo. Decidió entonces concederle un momento a sus nuevas ropas, algo llamativas para su gusto aunque cómodas, lo que le recordó la imperiosa necesidad de hacerse con ciertos productos, ya fuese ropa, comida… o armas.

-Boreazan. – Empezó a decir Odded sin apartar la mirada del tráfico existente más allá del ventanal. – Mi Central… mi amiga se está encargando de nuestra situación con respecto a la Confederación; o al menos… hará lo que buenamente pueda. Además me ha dicho que tu situación se verá muy comprometida en cuanto comprueben los datos de tu ficha. – Intentó fijarse en la reacción del veridai pero no advirtió cambio alguno en su expresión. - Me habló de algo relacionado con tu registro de vida y la mayoría de los datos que muestra.

Boreazan miró entonces furioso al humano.

-No tienes ningún derecho… - Comenzó a decir. - ¡No tienes ningún derecho a ayudarnos! – Gritó.

-Cálmate, por favor. En el fondo sólo intento exlicarte que en ocasiones…

-¡Cállate! – Boreazan se había levantado de la silla y caminaba nervioso por la sala. - ¡Llevo tres años de profunda amistad con el profesor y es la primera vez que entro en su residencia! ¿Y tú? ¡Acabas de llegar!; por mucho que nos defiendas y por mucho que leamos tu ficha no te conocemos absolutamente de nada. ¡No tienes derecho a estar aquí!

Así que se trataba de eso: sencilla y puramente sentimientos; envidia, en este caso. Una emoción que podía luchar y vencer al hecho de haber presenciado una muerte y una resurrección; como si fuese lo más habitual.

Sin embargo, por muy injustificada que estuviese la envidia en aquella situación y por muy equivocado que estuviese el joven veridai, Odded no podía permitirse echar más leña al fuego. Lo único que podía intentar era hacer ver a Boreazan que Odded sólo estaba allí por una razón; una razón bastante más importante y poderosa que la relación del alumno con el profesor, o los posibles problemas del veridai con la Confederación en caso de que saliesen a la luz; una razón que escapaba incluso a su propio entendimiento ¿Dónde estaba Central? Bueno… en la mochila, claro; pero ¿Dónde estaba realmente cuando tanto la necesitaba?

-Creo que podrás entenderlo si lo intentas al menos un poquito, aunque tengas que abrir tu mente para asimilarlo. – Comenzó a decir Odded algo irritado mientras se acercaba lentamente hacia el veridai. – La mayoría de las ocasiones no se por qué hago lo que hago, aunque sepa imperiosamente que tengo que hacerlo. Ya me ha pasado más veces, aunque no creerías en qué tipo de situaciones ni en qué tipo de lugares; esas historias las dejaré para más adelante. Pero al final de todos y cada uno de estos acontecimientos acaba pasando lo mismo: una situación pequeña y aparentemente poco importante termina por convertirse en un asunto global que suele implicar a toda la sociedad existente.

-Tonterías.

-También eso; suele ser una respuesta habitual al principio. Mira: cada historia puede ser muy similar a la anterior, y en ocasiones muy distinta en apariencia, pero siempre, en todas las ocasiones, el fin último es el mismo.

Aquel joven todavía no daba muestras de entender (ni siquiera aceptar de momento) nada de lo que Odded estaba diciendo. El humano volvió a alejarse hacia el ventanal con paso tranquilo.

-Esta vez imaginé que tendría más tiempo para acostumbrarme a este lugar, y aunque todo es muy distinto, la esencia humana… quiero decir, la esencia de todas las razas… creo que no ha cambiado en absoluto. Sólo quiero saber una cosa, y si pudieras ayudarme…

El veridai miró al humano; lo de pedirle ayuda podría funcionar, pensó Odded; hacerle sentir que era necesario, sobre todo cuando Boreazan creía imaginar que su maestro comenzaba tal vez a apartarlo de su lado. Pero es que en este caso no se trataría solamente de una triquiñuela; era verdad que necesitaba su ayuda.

-¿Cómo podría?... Vale. Imagina que todo lo que te he dicho es cierto: Solo quiero saber… ¿Qué crees que puede ser tan importante como para que me haya visto obligado a actuar y salvaguardar tu vida en el local? ¿Qué es tan necesario de tu existencia como para que el destino aparte la muerte de tu paso? Creo que tú eres la pieza clave…

La compuerta de acceso del habitáculo se abrió y en el umbral apareció el profesor Yoet, acompañado de una hembra… extraña (de eso no quedaba duda, para el humano) y un joven… también raro, a ojos de Odded, quien no pudo evitar lucir una expresión mezcla de sorpresa y admiración.

¿Cuatro brazos?

-Mi familia insiste en que os quedéis con nosotros a pasar la noche.

Las palabras del profesor denotaban la derrota en algún tipo de discusión anterior. Yoet se dedicó a hacer las presentaciones, y su mujer, Kládera, se mostró eufórica por tener al fín allí al más aventajado alumno de su hombre; aquel del que tanto hablaba Yoet noche tras noche cuando llegaba a casa; aquel sobre el que tantas alabanzas había oído recitar. No aceptarían un no por respuesta de aquel veridai; se quedaría, al menos a comer algo.

Una muy ligera sonrisa (pero sonrisa, al fin y al cabo, apreció Odded) apareció en el rostro del veridai, quien al poco conectaba bastante bien con Yter, hijo menor del profesor y de aproximadamente la misma edad que Boreazan (sólo aparentemente a ojos del humano, ¿Pero qué podía saber él?).

Yoet se volvió hacia Odded, a quien se estaba presentando Kládera.

-Tú también te quedas. – Advirtió en tono de falsa amenaza. – En absoluto hemos terminado nuestra charla.

-Estoy de acuerdo en lo de la charla profesor, pero ahora debo irme. – Y añadió en un tono de voz bastante bajo. - Debe convencer a su alumno; dígale que se quede a dormir aquí. Yo les avisaré en cuanto sepa algo más de su situación.

La preocupación volvió al ánimo del profesor.

-De acuerdo, de acuerdo… por favor, no deje de hacerlo, a cualquier hora. De todas formas quedemos mañana, aquí mismo, en mi residencia, los tres.

Poco después Odded se encontraba en un vehículo que el mismo profesor había encargado, pero sin un destino ni rumbo fijos. Un paseo por la ciudad, le había dicho Odded al conductor, haga tiempo, vaya despacio. Todavía no podía volver a su piso, no al menos sin saber dónde diablos se había metido Cielo… Central… o como diablos se llamase.

Tendría que empezar a pensar en un nombre apropiado.

Mientras observaba la ciudad de Oeveey desde las alturas, pensaba que una de las cosas a las que todavía no terminaba de acostumbrarse era llevar a alguien, en cierto modo, en la mochila de su espalda. Y menos aún podía aceptar que ese alguien estuviese realmente en algún otro lugar, buscando quién sabe qué cosas y de qué modo, cuando era tan importante su presencia cerca de él.

Porque necesitaba de sus consejos.

Porque ella era el único punto de apoyo con la realidad del tiempo y el lugar en el que se encontraba confinado.


Porque sin ella él mismo no tenía ninguna oportunidad.