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lunes, 4 de mayo de 2009

Capítulo 46

-Velis nolis-
(Quieras o no quieras)



Aquel podía considerarse un día a destacar (incluso seguramente sería recordado y celebrado por el personal administrativo en años venideros) a causa de la masiva afluencia de visitantes: Se habían inscrito c-u-a-t-r-o ciudadanos en el transcurso completo de toda la mañana (más que en las últimas dos semanas juntas), y por alguna extraña y del todo incomprensible razón no sólo no eran clausuradas las dependencias del complejo si no que el servicio seguía manteniéndose activo a lo largo de los años y recibiendo cada vez más y más fondos.
Únicamente cuatro.
Sinceramente todavía no podía creerselo, aunque en realidad sucedía algo similar con varios de los servicios que la Confederación mantenía a disposición de la ciudadanía, como por ejemplo… las salas de representación holográfica: estaban destinadas (tenían que haber sucumbido ya, en todo caso) a una inevitable desaparición. ¿Podía denominarse tal despliegue de medios “un eficiente y útil aprovechamiento de recursos a disposición del usuario”? Pues no; por supuesto que no.
En todo caso la culpa última era del elector, quien prefería no franquear los aburridos y cansados (y por desgracia tan extendidos y habituales) controles de seguridad distribuidos por doquier, para realizar sus búsquedas directamente en la Sede de Consulta de Datos; era pues lógico pensar que habitualmente se realizasen las búsquedas desde cualquier otro lugar, y en absoluto se les podía reprochar. Ella habría hecho lo mismo si no desarrollase su trabajo precisamente allí.
Sin embargo, realizar las consultas desde allí, identificándose como ciudadano confederado e identificando también el origen del estudio a realizar, permitía franquear un mayor nivel de seguridad y contenidos, por lo que las investigaciones conseguian más datos y más completos para una mejor comparativa o estudio, dependiendo del caso.
La Sede de Consulta estaba en la Zona política de Oeveey (más concretamente en la base de la Sede Educacional), por lo que a mayores, las posibles visitas que se pudiesen realizar por simple curiosidad o deseos de conocimiento sobre los entresijos del sistema de almacenamiento de datos, eran todavía más rechazadas por la sociedad en general por el engorro añadido que suponía un desplazamiento hasta el lugar. Por lo demás, cada año bajaba el número de inscripciones en el sistema de educación, por lo que tal vez en el curso siguiente la media de asistentes al la Sede de Consulta llegase a medio visitante al día, por decirlo de algún modo.
Por si aquello fuese poco, no todo el mundo podía acceder al servicio de consulta (los permisos tenían que ser estudiados y concedidos, por supuesto, con el consiguiente tiempo de espera), y con tanta traba sólo pasaban por allí (incluso demasiado de vez en cuando) algunos investigadores sumergidos en proyectos de mayor o menor calado, estudiantes a los que se les había encargado determinados trabajos de recopilación completa (pobres desdichados) y muy ocasionalmente, a razón de uno o dos a lo largo de todo el año, algún ciudadano que pedía una entrada de búsqueda libre mediante la presentación de un permiso especial.
Por eso recordaba incluso el nombre del ciudadano que aquella misma mañana había entrado en las instalaciones con uno de aquellos permisos, concedido ni más ni menos que por el máximo responsable de la Sede Educacional de Oeveey; aquel inquieto veridai se había presentado nervioso e impaciente con uno de aquellos permisos tan inhabituales y difíciles de conseguir.
Pero aquella peculiar situación no era más que una (agradable, eso por seguro) excepción a la insípida regla; un cabo suelto que provocaba únicamente cierto interés; una guinda para un pastel hecho indiscutiblemente de aburrimiento.
Y por si aquel insoportable ostracismo fuese poco, tardaba casi una hora en llegar al trabajo. Todas las jornadas.
-Me aburro… – Dijo resoplando mientras abría y cerraba archivos al azar desde el solitario puesto de registro de entradas. Absolutamente indiferentes a los continuos susurros de hastío, pequeños droides de limpieza vagaban perezosos por la amplia sala principal realizando lentamente su trabajo.
-Siempre hay algo que hacer aquí, Natasha. Sólo hay que buscarlo.
La voz metálica surgida del droide antropomorfo que se mantenía de pie a su lado no hizo más que provocarla; sin duda, tal como había transcurrido la mañana hasta el momento, sería la última vez que llevase la placa de su Sistema Central de habitáculo al trabajo; y más introducida en el cuerpo mecánico que le había conseguido no hacía mucho.
-Deberías bajar el volumen… - Aconsejó. - Pero dime Ita, ¿Cuándo decidí adquirir esta carcasa para ti? – Preguntó tintando sus palabras con un ligero tono de desdén.
-Hace tres meses…
-Ya; vale. No hace falta que contestes. – Interrumpió irritada. – No debería habértela comprado.
Como no debería haber hecho muchas cosas a lo largo de toda su vida, de entre las cuales desearía cambiar la mayoría y se arrepentía prácticamente de todas las demás.
Natasha había sido una eotdllene muy atractiva (para los de su misma especie, por descontado) y con un muy prometedor futuro que poco a poco discurría decantándose por la filosofía, a través siempre de la asombrosa y absorvente especialidad en epistemología. Su paso por el período educacional superior, hacía ya sesenta y tres años, había estado perlado de triunfos: obtenía los máximos reconocimientos, las mejores puntuaciones y los más agradables y meritorios halagos de parte de las mejores mentes de Oeveey.
¿Cómo había acabado entonces como personal de registro de entradas de la Sede de Consultas? Todos los días (absolutamente todos, sin excepción alguna) se hacía exactamente la misma pregunta, y también todos los días se lamentaba tras encontrar la respuesta adecuada.
-Natasha ¿Te encuentras bien?
Las amables cuando monótonamente entonadas palabras de Ita lograron por lo menos sacarla del aislamiento en el que se estaba sumergiendo lentamente, al igual (también) que todos los días aproximadamente a la misma hora. Del mismo modo, como siempre, secó las primeras lágrimas que se le escapaban y empezaban a resbalar por sus huesudas y cada vez más negruzcas mejillas.
-Si… - Respondió. – Estoy perfectamente; gracias por el interés, Ita.
Decidió hacer algo; cualquier cosa con tal de sentirse mínimamente útil y apartar de su mente la soledad y la pena que de continuo terminaban por atenazarla. Al poco había resuelto disponerse a recomprobar las actividades de aquellos cuatro ciudadanos; los mismos que precisamente un día como aquel hacían uso de los amplísimos recursos de la Sede de Consultas… aunque en realidad fuese un acto completamente inútil: el programa central de la Sede se encargaba de hacerlo a cada instante; como sucedía con casi todo lo demás; ¿Para qué entonces iba a hacer nada?
Y también como siempre acabó por no hacer nada.
-¿Te disponías a ocupar tu tiempo en algo de interés?
-Claro; por supuesto… - Dudó. - Pero ya no importa.
Su mirada regresó a la pequeña pantalla principal y sus ojos comenzaron a buscar ávidamente algo que hacer. Podría reorganizar los archivos personales de su residencia, o prepararlo todo para encargarse personalmente de preparar la comida…
No; nada de eso. Se quedaría sentada, como todos los días antes que aquel (y los que faltaban por venir), esperando que alguien o algo requiriese su atención y/o ayuda con el trámite de permisos o la búsqueda de datos. Aquellas eran prácticamente sus únicas funciónes.
-Ita… - Dijo de repente entre susurros interrumpiendo sus pensamientos. Hasta sus oídos había llegado un tenue eco; un sonido difícil de precisar; un golpetear rítmico y uniforme y muy muy apagado que llamó intensa y poderosamente su atención por encima de todo lo demás. - ¿Oyes algo?
-Yo…
-¡No respondas! – Interrumpió irritada. – Escucha…
Generalmente (en realidad siempre y en todo momento, si tenía que ser sincera) era el silencio el que dominaba aquel anodino y amplio espacio de trabajo (los investigadores que se acercaban para ampliar sus estudios se encerraban en pequeñas cabinas de trabajo situadas en los niveles inferiores del complejo desde las cuales era imposible escuchar nada, y los droides de limpieza y servicio estaban configurados de tal forma que emitían la menor cantidad de sonido dentro de lo tecnológicamente posible), pero aquella leve, rítmica y sobre todo muy apagada resonancia aparecía cada vez más cerca y se sucedía con más rapidez.
Una confusa Natasha se quedó completamente inmóvil (poco más o menos sin respirar detrás de su mostrador) sólo para intentar localizar y definir aquel tipo de sonido al que desde luego no estaba en absoluto acostumbrada. ¿Cómo iba a estarlo? Incluso las (de vez en cuando) palabras de Ita la sacaban de quicio por el alto tono con el que las enunciaba. ¿Cómo no iba a llamar entonces poderosamente su atención aquel sonido?
Tras incorporarse silenciosamente se separó de su módulo de trabajo y se acercó despacio y con suma cautela hacia el centro de la amplia sala de recepción, intentando (casi con desesperación) localizar de una vez por todas aquel (desconcertante, sin duda) acompasado sonido. ¿De dónde provenía? El rítmico golpeteo se acercaba cada vez más, y las ciclópeas dimensiones del espacio en el que se encontraba no ayudaban, con sus reverberaciones, a localizar el (a cada instante) cada vez más cercano origen; de echo, llegó un momento en el que estuvo ya tan cerca que no cupo la más mínima duda acerca del origen de tal disrupción en el ambiente y también, por supuesto, de quien procedía.
-Natasha, creo conocer el origen…
Justo en aquel preciso instante, interrumpiendo la poco precipitada conclusión de Ita y mientras Natasha volvía su mirada hacia una de las galerías que llevaban a la zona de consultas, una del todo inusual imagen colapsó la completa atención de sus pensamientos: una verde y estirada figura se adentraba a toda velocidad y completamente desbocado en la sala de recepción y permisos, supuestamente (quería creer) en dirección a la salida. ¿Pero qué se creía aquel veridai? Natasha no salía de su asombro, sintiéndose al mismo tiempo cada vez más indignada; el permiso que había conseguido (y quién sabía cómo, por cierto) no le daba derecho a salvar corriendo y tropezando de aquella manera la siempre tranquila sala de recepción.
Entre los torpes movimientos ocasionados por la rápida maniobra evasiva de uno de los pequeños droides de limpieza, aquel desgarbado joven (y poco grácil, por añadidura) no pudo menos que comenzar a trastabillar y tropezar con varios de los módulos de descanso hasta, milagrosamente, alcanzar indemne la compuerta de salida y saludar sin detenerse a la recepcionista con una agradable, alegre y, en cierto modo, sorprendida sonrisa.
Natasha no daba crédito a lo que sus ojos habían presenciado: una total falta de maneras y de saber estar del todo inapropiadas para un lugar como aquel (para cualquier lugar, en realidad) desembocaban en una situación que no podía ser más insólita y menos educada, formal y de peor gusto.
Pero… pero fue tal la sorpresa y sobre todo el sobresalto, que la hasta entonces completamente aburrida y amargada Natasha comenzó a reir, primero poco a poco, y luego indecorosa y escandalosamente, con tamaña fuerza y energía que el retumbar de sus carcajadas acabó extendiéndose por todo el espacio de la sala de recepción, llegando también con toda seguridad hasta algunos de los habitáculos de compañeros de la Sede: Los droides de limpieza detuvieron por un momento sus labores; Ita giró levemente su cuello hacia un lado tras quedarse (posiblemente por primera vez en muchísimo tiempo) sin palabras; incluso un operario de reparaciones de la segunda planta acabó contagiado por las sonoras carcajadas que llegaban hasta sus oidos.
Nunca se había reido con tal intensidad en toda su vida, abrazándose el abdómen del dolor y palpándose las mejillas a causa del hormigueo, y dudaba de hecho que volviese a repetirse en alguna otra ocasión a lo largo de lo que le quedase de existencia.
Nunca se había divertido tanto.
Boreazán sólo alcanzó a percibir ligeramente el comienzo de las risas de la recepcionista, pues en cuanto hubo franqueado la compuerta principal de la Sede de Consultas, sus pensamientos se orientaron únicamente hacia la mediocre Leak estacionada en el espacio habilitado para tal efecto.
Tenía que hablar con el profesor de inmediato, y tenía que hacerlo en persona (no había otro modo), por lo que nada más sentarse y encender los (poco fiables, por desgracia) motores del pequeño vehículo monoplaza arrancó a toda la velocidad de la que podía disponer para acoplarse al tráfico existente en los niveles más bajos de circulación. Tardaría aproximadamente unos cuarenta minutos en llegar, por lo que decidió revisar mentalmente durante el trayecto todo lo que había encontrado. Por supuesto había descargado todos los documentos encontrados a su cuenta personal, por lo que antes incluso de cruzar palabra alguna con Yoet, lo dispondría todo para que el profesor los visionase antes de que ambos discutiesen sobre lo encontrado.
¿Qué sentido tenía? ¿Cómo era posible que hubiese más de uno?
Y sin embargo… sin embargo era lógico pensar que Odded no era el único con aquella asombrosa habilidad.
Aumentando la velocidad un poco más de lo razonablemente seguro se elevó varios niveles entre el tráfico.
Había empezado la búsqueda acordada con Yoet poco después de que éste saliese de su propio despacho y dejase sus nada modestas instalaciones a su entera disposición; tras planear concienzudamente el periplo que habría de consumar (ya había realizado con éxito difíciles búsquedas para varios de los más distinguidos instructores educacionales de Oeveey, por lo cual se había labrado cierta fama entre los estudiantes) comenzó a abrir varias vías de investigación.
Pero parecía… parecía como si nada diese resultado; es decir… tras varias horas de búsqueda llegó a sentirse completamente inútil; como un neófito perdido en un vasto mar en el que nunca podía situar el norte. Todas las vías abiertas llegaban a un punto muerto que no permitía abrir o seguir nuevos caminos… nuevas indagaciones, por poco importantes o del todo inservibles que pudiesen parecer en un principio.
¿Cómo había empezado la búsqueda?
El registro de vida de aquel humano era en verdad impecable. Parecía de hecho perfectamente estructurado según el ideal registro deseado por la Confederación. Todo estaba perfectamente entrelazado. Y sin embargo, aún a pesar de no haber encontrado nada extraño en el registro de Odded, podía cotejar toda aquella información con los datos relacionados en cada uno de aquellos lugares en los que el humano había estado, para comprobar, de algún modo, si lo existente en su registro coincidía con los registros de otras personas coincidentes en tiempo y espacio (al menos aproximado) con el humano.
Aquella primera vía prometía algún hallazgo tarde o temprano (¿Quién no tendría algo que esconder? Incluso sin contar con lo de volver a la vida de aquella manera), pero al poco descubrió absorto (estado que sería habitual en Boreazán durante toda la noche) que todo coincidía para no dejar ni un solo cabo suelto. Aunque sencillamente fuese del todo imposible: Nada encajaba tan a la perfección.
Y así estuvo toda la noche.
Casi abandonándose a la desesperación y recibiendo las primeras luces del amanecer apagó la consola principal de la vieja mesa metálica y se reclinó desperezándose y exasperado en el módulo de trabajo del profesor; y fue entonces cuando lo vio perfectamente claro.
Si Odded quisiese esconder algo aquella sería precisamente la forma correcta de componer su registro de vida; era lógico pensar pues, que todos (absolutamente todos, si se enfrentaba con alguien lo suficientemente metódico como para componer aquella historia) los caminos realizados a partir del registro llevasen a ninguna parte, por lo que decidió comenzar de nuevo la enormemente ardua tarea que tenía entre manos desde otro punto de comienzo; pero no podría hacerlo desde la residencia del profesor: Tendría que acceder a la Sede de Consultas y realizar las investigaciones desde allí mismo.
Una vez en la Sede (no le resultó demasiado complicado falsear un permiso especial para poder disponer de todas las supremacías de búsqueda) se dedicó a enviar decenas de miles de pequeños e invisibles sistemas trowo a los confines confederados en busca de algo con lo que pudiese comenzar con alguna garantía. Cada sencillo y estúpido trowo contenía cientos de parámetros de búsqueda auomatizada predeterminada por el propio Boreazan, que se interconectaban con los mínimos resultados que otros trowos iban desenlazando en la inmensa datored confederada sin necesidad de pasar por los lentos trámites de petición de información. Aún así tardó aproximadamente (aunque el tiempo comenzaba a resultar una dimensión bastante confusa en la mente de Boreazan) cuatro largas y tediosas horas.
Pero mereció la pena; rotundamente.
Los pocos trowos que regresaban de la búsqueda traían únicamente migajas, pero de una importancia y relevancia tales que Boreazan no dudó en ningún momento haber descubierto, posiblemente, lo más importante desde el desarrollo de los portales de desplazamiento:
Una raza que no podía morir.
Aún así sólo eran migajas. Era como si alguien se hubiese esmerado concienzudamente en recoger la mesa de comidas con un método tan desesperadamente eficaz que incluso los minúsculos restos de alimento no podrían ser aprovechados por ningún animal. Pero había quedado algo, y a Boreazan le bastaba.
Aunque lo que afirmaban sin lugar a dudas aquellos hallazgos (breves noticias sueltas sin relación alguna entre ellas, confusas grabaciones de cientos de años atrás que casi no permitían ver más que lo que en realidad se desease observar, registros de ciudadanos ya fallecidos de los que se disponía de nuevo con apenas unos ligeros y casi inapreciables cambios, confesiones perdidas de residentes de las periferias que afirmaban cosas imposibles, accidentes catastróficos de entre los cuales alguien salía por su propio pie y desaparecía para siempre, notas dejadas por particulares en sus propias cuentas que narraban aterradoramente cómo habían sido salvados de morir por alguien que incomprensiblemente no había muerto, imágenes imposibles de quiméricas curaciones, situaciones imposibles para cualquier raza existente sobrellevadas apenas sin problemas por personajes anónimos, documentos personales que afirmaban en medio de la locura la existencia de personas perpetuas) era que en efecto existía alguien o algo tremendamente poderoso e influyente (dudaba muchísimo que fuese el mismo Odded) que se preocupaba enormemente de que todo aquello no fuese descubierto en ningún tiempo ni lugar por nada ni nadie.
Habia cientos de ellos.
Aparecían en la historia y volvían a desaparecer, sólo para regresar de nuevo y terminar por desvanecerse del mismo modo que el anterior.
Nada los vinculaba entre ellos y no eran por fueza de la misma raza, aunque fuese en la Tierra donde creía entrever el origen de tal peculiar y, por qué no decirlo, aterradora saga de extraordinarios.
Incluso creía haber encontrado un documento de hacía mil ochocientos años en el que el mismísimo Odded hacía su aparición.
Inconcebible.
Aumentó la velocidad un poco más y continuó ascendiendo. El resto del trayecto supuso para Boreazan una angustiosa espera, y para cuando llegó a la compuerta de entrada de vehículos de la residencia del profesor Yoet apenas podía mantenerse firme sobre el vehículo a causa del sueño, del cansancio tanto físico como mental, y del nerviosismo que atenazaba completamente la totalidad de sus músculos. Además había vuelto a llover y estaba completamente empapado.
Tras pedir confirmación de abertura dejó su Leak al lado de un vehículo grande, espacioso y muy moderno (un Amtho-Zotcht brillante y negro, seguramente del hijo mayor del profesor) y entró en el habitáculo principal de la residencia, donde se encontraban precisamente el profesor Yoet y su hijo Yter examinándolo (sobre todo Yoet) con mirada inquisitiva.
-Yter, por favor; déjanos solos. – Sentenció Yoet. – Debo hablar urgentemente con mi joven pupilo.
Tras mirar a uno y a otro, Yter se despidió de su padre y de Boreazan para desaparecer tal vez algo molesto por una de las muchas compuertas de acceso a las diversas salas de las que se componía la impresionante residencia del profesor Yoet. Al momento, los que todavía quedaban en la sala principal se dirigieron al despacho que había sido ocupado temporalmente por el veridai durante toda la noche.
-Cambia tus ropas, Boreazan – Propuso mientras se dirigía hacia su habitáculo de trabajo. – En el habitáculo de descanso de mi hijo Yko encontrarás lo que necesites…
Pero Boreazan no respondió, y tras adelantarse a Yoet entró en la sala y conectó varias de las salidas de su periférico en la pantalla de la mesa metálica, mientras instaba fervientemente a su profesor a sentarse en uno de los módulos.
-Antes de nada quiero que vea todo lo que he encontrado. – Dijo nervioso mientras tecleaba vertiginosamente las órdenes en su periférico para abrir los documentos hallados. – La tarea en la que estuve trabajando toda la noche y toda la mañana.
-De eso mismo quería hablarte. – Respondió cauto sin sentarse todavía en el módulo de trabajo. Yoet miró pacientemente a su alumno, intentando comprobar cual era en realidad, oculto tras aquella especie de ansiedad, su verdadero estado de ánimo. Aunque en realidad poco importaba cómo le podría afectar lo que tenía que imponerle, pues no cabía ninguna otra opción. - Quiero que dejes de investigar al humano. – Concluyó.
Extrañamente, tras varios segundos de silencio ni el énfasis que Boreazan ponía en lo que estaba haciendo ni su expresión variaron en absoluto, casi como si lo que había acabado de escuchar hubiese sido simplemente una broma. No era en absoluto ninguna broma, pensaba Yoet, quien no llegaba a atisbar nisiquiera una parte de lo que Boreazan iba a mostrarle pero que tenía muy claro que no se seguiría trabajando en aquella búsqueda. Costase lo que costase.
-¿Me has oído?... – Resolvió decir mientras paseaba de un lado para otro del habitáculo. - He dicho que dejes de investig…
-Ya es tarde, profesor. – Reconoció su alumno al tiempo que volvía a ofrecer ansioso el módulo principal de trabajo para que su maestro se sentase. – He guardado lo poco que he encontrado; pueden parecer restos sin sentido, sin conexión alguna… - dudó unos instantes - …pero no; no deberíamos adelantarnos e intercambiar ninguna opinión a lo largo de la siguiente hora – concluyó cortando sus palabras de raiz mientras hacía ligeros y expresivos aspavientos con los brazos. -, tiempo que usted tardará en revisar… - La expresión de Boreazan cambió ligeramente en aquel preciso instante, pasando de la inicial satisfacción a una cauta extrañeza. - …los documentos que…
Enseguida volvió a teclear varias órdenes en su periférico mientras su gesto cambiaba más y más, hasta volverse totalmente ceñudo y contrariado. El profesor se acercó confuso a la pantalla de su mesa de trabajo para intentar atisvar cual era la razón de la preocupación de su alumno, pero lo único que llegó a ver fue la pantalla de disponibilidad operativa habitual de su sistema central.
-¿Sucede algo? – Preguntó impreciso.
Boreazan se había quedado completamente inmóvil, sentado por fin en el módulo principal de trabajo del profesor, acercando sus manos a su rostro para casi arañarlo; su expresión se mantenía indemne, en el mismo estado, hasta que con aquel estúpido gesto miró directamente a los ojos de Yoet para simplemente pedir ayuda con la mirada.
-No… no está; - alcanzó debilmente a decir. - …ni… estoy.
Aquellas vagas palabras sin sentido alguno para Yoet hicieron que el profesor conectase su propio periférico en la pantalla de su sistema central.
-¿Qué sucede? – Preguntó algo alterado sin esperar en realidad ninguna respuesta. La base de datos de su sistema central de habitáculo no mostraba la última interactuación de Boreazan que él mismo había comprobado con sus propios ojos. ¿Cómo era posible? No había ni podía existir razón alguna para que su sistema no reconociese las últimas entradas de Boreazan (por supuesto olvidando la intervención de algún tipo de anulador corporativista...)
No.
No podía ser.
Yoet desvió fugazmente su mirada hacia los cables del periférico del veridai, todavía conectados al sistema de su residencia. Tampoco eran reconocidos. ¿Qué significaba todo aquello?
Tenía que pensar un momento; sólo unos segundos.
Boreazan continuaba sentado en el módulo de trabajo, absorto, ensimismado, completamente ausente ante las operaciones que Yoet estaba llevando a cabo. Había aparecido en su residencia para mostrarle algo (una información verdaderamente impresionante; algo que había encontrado aún con la dificultad añadida del sistema central del humano), y al poco sucedía aquello… tan del todo inhabitual y sobre todo… de manera tan oportuna.
Decidió tramitar una petición de información a Registro de datos; pediría el registro de vida de uno de sus alumnos: Boreazan Veer; algo sencillo.
Y esperaría.
Esperó exactamente tres minutos, tiempo en el cual observó información adicional que le ofrecía el sistema central: la temperatura de tres de los habitáculos de descanso de la residencia había sido aumentada en medio grado para compensar la pérdida de calor debido a la ventilación, su hijo Yter estaba en aquellos momentos en su habitáculo de descanso, seguramente revisando las últimas notas de sus estudios y un mensaje entrante pedía ser leído y tal vez contestado.
-Que espere… - Susurró; fuese quien fuese.
Al cabo llegó la información tramitada por la Sección de Almacenamiento y Registro de Datos, sólo para mostrar un aviso sobre la inexistencia de la información requerida.
¿Significaba aquello que…
¿Qué significaba aquello?
Boreazan se incorporó lenta y pausadamente del módulo en aquellos instantes sin mirar en ningún momento a la pantalla. Con la misma calma se acercó al ventanal situado tras el módulo que había precisamente abandonado y macilento se detuvo apoyando el peso de su agotado y frágil cuerpo en el diáfano material.
Yoet no sabía qué hacer; ni siquiera qué pensar al respecto. ¿No existía? ¿Cómo que no existía?
Comenzó a mesar sus blancos cabellos tras desconectar su periférico y separarse de la mesa de trabajo; un pequeño pero brillante piloto azulado informaba de nuevo de la fastidiosa persistencia del mensaje destinado directamente al profesor. Yoet miró al Joven veridai y de nuevo al piloto indicador, y decidió comprobar qué rezaba el oportuno escrito directamente en su periférico.
Fue así como descubrió el pago de una antigua deuda; una deuda que a partir de entonces quedaba sin lugar a dudas perfecta y definitivamente saldada; una deuda que en aquel momento le permitía saber con exactitud qué era lo siguiente que habría de suceder y cual sería sin duda su siguiente paso.
Definitivamente alterado se acercó con celeridad a Boreazan para agarrarlo por un brazo y sacarlo de inmediato del habitáculo. El joven veridai, quien por un momento consideró protestar ante la inesperada reacción del profesor, no tuvo más remedio que hacerlo definitivamente ante la bofetada que Yoet le propinó ante su total falta de resistencia.
-¡Reacciona! Vas a salir inmediatamente de aquí. – Constató mientras dirigía firmemente a su alumno hacia el habitáculo en el que se guardaban los vehículos. – Llévate el Zotcht y vete… no se a dónde pero vete… lejos; muy lejos. Y llévate esto. – Añadió.
Para cuando quiso darse cuenta entre sus manos descansaba el anulador corporativista del profesor, se encontraba encajado en la cabina del vehículo y estaba todo listo para su partida.
-¡Un momento! – Protestó al fin. - ¿Qué pasa? ¿A qué viene…
-Calla. – Interrumpió impasible Yoet mientras dejaba hábilmente conectadas las células de energía, los parámetros de conducción y se disponía por fin a cerrar la cabina.
-Pero…
–Calla y escucha: Al parecer varias secciones de seguridad se dirigen hacia aquí en estos instantes. Vienen a por ti, y sea lo que sea lo que has encontrado es seguro que no lo volverás a encontrar. Lo habrán borrado, como hicieron con tu registro y seguramente con toda huella que hayas podido dejar en las bases de datos. Como querrán hacer contigo…
-¡Pero no tengo… ¡Pero si no he hecho nada!
-¡¡HE DICHO QUE TE CALLES!! – Gritó el profesor perdiendo de una vez por todas los pocos nervios que todavía le quedaban. No era una persona acostumbrada (en modo alguno) a aquel tipo de situaciones. No; en absoluto. Nunca había presumido de frialdad ante imprevistos (en contadas ocasiones se había enfrentado a ellos, y nunca jamás bajo aquellas mismas características) y siempre había evitado en la medida de lo posible aquellas situaciones que pudiesen desembocar en conclusiones peligrosas o aún comprometidas para su persona. – Recuerda bien estas palabras, Boreazan: – continuó algo más calmado - no te fíes de Odded; es muy posible que su Sistema Central haya tenido que ver con esto.
Nunca había sido un espía al uso, en cierto modo. Además, era del todo inhabitual que de manera consciente un espía realizase de manera deliberada, incorrecta y deficientemente (del todo; fatal; completamente al revés) su trabajo durante innumerables ocasiones y a lo largo de los años.
Tras calmar todavía más su mirada, cerrar la cabina y abrir la compuerta de la sala de vehículos se dirigió apresurado hacia uno de los monitores-cominucadores habilitados en aquel espacio, justo a tiempo de ser testigo de la aparición en el exterior de la compuerta principal de su habitaculo residencial de dos Secciones de Seguridad de Bloque Urbanita. La Confederación llamaba a su puerta, y en aquellos precisos instantes su extrañado hijo se disponía a responder a la llamada.
Yoet volvió su mirada hacia Boreazan y con un imperativo y furioso gesto le instó febrilmente a salir de inmediato. No podia perder más tiempo y el, a diferencia de su querido pupilo, no corría peligro alguno.
Vete; fuera; huye. No te preocupes por mí. ¿Qué pueden hacerme?
Ya nos veremos.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Capítulo 41

-Agis quod adis-

(Haz bien lo que haces)

(Tercera parte)


-¡Y yo digo que eso es absolutamente imposible!… - Interrumpió el profesor Yoet. – Las… acciones, o situaciones que has descrito no pueden deberse en modo alguno a un… como decirlo… nuevo sistema… ¡No! ¡A una nueva forma de vida surgida de la nada, por muy influidos que puedan estar tales actos por lo que sólo y sólo tu consideras Libre albedrío! ¿Cómo puedes afirmar, incluso de tal modo, que “crees” tener sentimientos?

Tras negar tres veces con la cabeza, el profesor se separó de la mesa de trabajo de su hijo y comenzó a observar a través de los cristales del habitáculo de descanso el constante fluir de vehículos de la ciudad. Ni uno ni otro dijeron nada durante varios minutos, cada uno absorto en sus propios pensamientos, recapacitando, analizando la asombrosa teoría que la Central del habitáculo de Odded había tenido a bien en concluir.

Apenas habían pasado treinta minutos desde que la conexión había sorprendido a Yoet, y desde entonces la mente del maestro había casi sucumbido a la irracionalidad.

-Nunca tuve que pedir esto, pero… - soltó de repente Yoet. - ¿Puedes explicármelo otra vez?

-Entiendo su postura, profesor… - La cítrica voz de Central parecía un poco más apagada que antes. – Pero debe entender mis conclusiones.

-¡Pero es que son inadmisibles! – Protestó volviéndose de nuevo hacia la pantalla de comunicaciones. – Lo que si comprendo… o al menos acepto, en todo caso, son las peculiares capacidades que has afirmado poseer… Capacidades en modo alguno relacionadas con un sistema central de habitáculo, estoy completamente de acuerdo, pero si existentes en otras unidades artificiales, quiero imaginar; de hecho estoy seguro.

-Pero yo he sentido…

-¡No!... ¡Nunca! – El rostro del profesor estaba casi tan magenta como la representación holográfica de Central – Un sistema como tú no puede sentir, ¿No lo entiendes? Únicamente puedes (consciente o inconscientemente, aunque sobre tal consciencia pudiésemos hablar durante varias horas más), de algún modo, fingir sentimientos y reacciones de sistemas orgánicos inteligentes. Puede, en efecto, que no debas ni siquiera fingirlas. Incluso… Incluso podemos contemplar que no sabes que estás fingiendo (sería posible), sino que tu programación es tan… por decirlo de algún modo algo obsoleto… endemoniadamente compleja que sólo actuas según tu naturaleza; esto es, tus directrices.

No cabía otra respuesta. Aquel Sistema Central de Habitáculo había acudido a el en busca de ayuda; en busca de soluciones y consejo; planteando preguntas en realidad no muy distintas de las que escuchaba a diario en sus clases de la sede educacional. Pero escucharlas surgir de un sistema artificial provocaba que la cabeza estuviese a punto de estallarle.

Sin duda aquel o aquellos que la hubiesen programado debían ser por fuerza unos auténticos genios. (¿Por qué le adjudicaba un género en concreto? ¿Por qué se refería al sistema con el que estaba hablando en género femenino? ¿Sólo porque escuchaba la voz de una niña y veía una representación holográfica a traves del comunicador? ¡Sólo era una entidad artificial!)

-Ya me has dicho que no quieres… - la expresión del profesor varió sensiblemente al decir esta última palabra hacia un rictus de fatigoso nerviosismo. - …que no puedes, mejor dicho, revelarme la identidad de tu creador o creadores, pero casi puedo afirmar sin temor a equivocarme que no ha sido precisamente la Confederación la responsable de tu existencia. ¿Cierto?

-Profesor, con todos mis respetos…

-Vale, vale; de acuerdo. No puedes decírmelo.

Mientras Yoet caminaba pensativo alrededor de la mesa decidió terminar con la conversación. Debía ser serio y tajante al respecto, no dejando entrar en su cabeza la absurda idea de la autogeneración de vida tal y como la… Central quería creer. Ella… El sistema había establecido una conexión (muy peculiar, por cierto, evitando los controles habituales de seguridad) para realizar una consulta y finalmente había obtenido una respuesta.

De algo no cabía la menor duda: aquel programa pertenecía seguramente a una tecnología más avanzada (al menos) que la conocida en la sociedad civil confederada. Por otra parte no parecía viable pensar en la Corporación como creadora de tal Placa, por lo que, tal vez y sólo tal vez, alguna empresa privada podría ser la poseedora de tal desarrollo y responable de su… ¿Comercialización? ¿Qué sentido tendría fabricar un sistema capaz de lo que ya había demostrado sobradamente si no se comercializaba? Porque estaba claro que no se podía poner al alcance de la sociedad civil. Y sin embargo un civil estaba en posesión de una.

¿Habría más de una?

Aquello tampoco tenía mucho sentido. No eran habituales (de eso estaba seguro), pero aunque no fuese única, debía existir una poderosa razón por la cual un humano como Odded (además desconocedor de tal tesoro en posesión, seguro) tuviese un sistema como aquel. Hasta el momento las cualidades más representativas del humano radicaban en su escaso (cuando no nulo) conocimiento sobre la sociedad confederada y su… asombrosa (en aquel caso una palabra como aquella era tan válida como cualquier otra) capacidad de volver a la vida.

La Teoria de Pret aplicada a esta situación indicaba que Central era simplemente un programa más desarrollado que los demás, pero programa al fin y al cabo, y que el humano…

-En fin. – Concluyó Yoet. – Ya conoces mi opinión al respecto. Si de algo te ha servido conversar conmigo, me doy por satisfecho. Sólo espero que comprendas porqué pienso como pienso.

-Lo comprendo, profesor.

-Y el hecho de no estar de acuerdo con tus postulados no significa que no esté eternamente agradecido por lo que has hecho por mi y por mi alumno, el joven Boreazan.

-Lo se, profesor. Si son importantes para Odded son importantes para mí. Precisamente por ello, en cuanto a las actividades que está realizando en estos momentos su alumno debo decirle que no encontrará nada en la datored, profesor.

Aquello cogió completamente desprevenido a Yoet.

-¿Por qué? ¿Cómo…

-Agradezco sus palabras y su opinión, la cual será muy tenida en cuenta con respecto a mis futuras conclusiones. Comprendo que he podido estar equivocada, e intentaré mantener la mente abierta para poder admitir cualquiera de los resultados, pues no desecharé la idea hasta comprobarla completamente desmantelada. Sin embargo ha de entender que mi sitio está al lado de Odded. Desde su llegada a este mundo he evolucionado de una manera que me había forzado a pensar que tal vez estaba… sintiendo… experimentando sensaciones vetadas a mi propia existencia. Lo entiendo, y aunque no lo descarto… tal vez precisamente por mi propio deseo de existir… o como quiera o pueda usted denominarlo… he de admitir que la situación más lógica es la que usted ha planteado. Ahora bien, no dejaré que nadie quebrante el derecho a privacidad que posee mi… es decir, Odded.

-Bien, pues… - comenzó a murmurar Yoet. – Entonces es absurdo que Boreazan siga esforzándose. Gracias de nuevo, vuelvo a repetir, por habernos evitado tantas contrariedades. Habría sido una auténtica molestia…

-Molestia tal vez para Odded, profesor; pero para usted y su alumno podría haber sido una peligrosa y terrible fatalidad. Sobre todo para usted, debido a su relación con la Corporación.

Aquellas últimas palabras cayeron sobre Yoet como un yunque. ¿Cómo podía saberlo? Hacía años que…

-¡Hace años que mi relación con la…

Y al momento silenció sus palabras, mientras un sudor frío recorría su frente. Continuar hablando habría podido ser fatal. Con manos temblorosas, dejó descansar el anulador corporativista sobre la mesa de su hijo y se dispuso a conectarlo.

-No es necesario, profesor. De esta conversación sólo seremos testigos nosotros dos. Por otra parte espero que no me malinterprete y que mis palabras no hayan sonado a amenaza. No es así. Unicamente estaba dejando patente un asunto del cual ambos conocemos su desarrollo pasado. No puede ser de otra forma, pues según usted no estoy capacitada, debido a mi propia naturaleza, a expresar, sentir siquiera, tales actitudes.

-Lo… lo entiendo.

El profesor Yoet acabó por sentarse de nuevo frente a la mesa, en el no demasiado cómodo módulo de descanso; las manos le seguían temblando cada vez con más violencia mientras los sudores fríos continuaban atenazando su de repente debilitado cuerpo.

-Ahora debo irme. Odded saldrá de un momento a otro del compensador neuronal. Vuelvo a expresar mi gratitud por su comprensión y sus consejos, y deseo recalcar que lo que esta noche hemos hablado no lo revelaré a nadie; puede descansar tranquilo, pero deje de investigar a Odded, por favor.

-De acuerdo… de acuerdo.

Dos minutos después la conexión con el habitáculo de Odded Tyral había desaparecido, pero lo que sin duda tardaría en desaparecer sería el tenso nerviosismo y la desagradable impotencia por haber sido desvelado su más terrible secreto. Cansado, terriblemente cansado, Yoet se recostó muy despacio en el camastro del habitáculo de su hijo y cerró pesadamente sus debilitados ojos, recordando al poco todas las experiencias vitales que le habían llevado a estar en el momento y lugar en el que entonces se encontraba. Su vida, a caballo entre la Corporación y la Confederación, había sido correctamente guiada hasta el momento, pero todo indicaba que comenzaba una devastadora debacle.

-Has de tranquilizarte, viejo profesor… - Susurró. - …o por lo menos intentarlo.

Para Yoet Yke el día terminó prácticamente en aquel momento, extenuado, consumido, realmente agotado como nunca antes se había sentido en toda su larga vida. Al tiempo que con sus últimas fuerzas se acomodaba en el módulo de descanso nocturno, comenzaba sin poder evitarlo a repasar el transcurso de un día que tardaría sin duda mucho tiempo en olvidar; siempre y cuando, claro, lo lograse en alguna ocasión.

Así pues, varias horas más tarde, un por entonces dormido Yoet no fue consciente de cómo el joven Boreazán daba desesperadamente por terminada su infructuosa búsqueda en la datored; ni de cómo la puerta del habitáculo de su hijo era precisamente abierta por el propio Yko y vuelta a cerrar para de nuevo encontrarse sólo en el módulo de reposo; ni tampoco, por supuesto, de cómo el Sistema Central de Odded hacía desaparecer la magenta representación justo en el instante en que el humano salía pesadamente del compenador neuronal para después acostarse en el camastro de metal maleable y caer dormido practicamente al instante.

Casi todas las culturas coinciden en afirmar que tras la tormenta llega la calma; que tras la oscuridad llega la luz. Que con el esplendor de la mañana los fantasmas de la noche terminan por desaparecer.

Eso mismo esperaba y deseaba en el fondo el profesor Yoet: que al despertar todo hubiese sido un sueño.

Pero por otra parte, toda su extensa vida podía haberse considerado calma y quietud; paz y sosiego.

Hasta aquel momento.

martes, 3 de febrero de 2009

Capitulo 38


-Agis quod adis-

(Haz bien lo que haces)

(Segunda parte)


Aquel habitáculo no era tan cómodo ni por supuesto estaba tan bien organizado como su propio despacho, pero Yko no estaba en la vivienda (al igual que el resto de su familia, quienes se habían desplazado a presenciar una representación corporal clásica universal de Bertolt Brecht; La toma de medidas, creía recordar), y por tanto el habitáculo personal de su primogénito quedaba disponible (y estaba en bastante mejor estado que el de Yter, con lo que las posibles dudas iniciales sobre la elección de un temporal lugar de trabajo se habían disipado casi de inmediato).

Boreazan haría bien su labor, como ya había demostrado en los iniciales y complejos trabajos de investigación para algunos de los más exigentes instructores en la Sede Educacional de Oeveey. Si existía algún dato que pudiese poner en compromiso el registro de vida del humano, o incluso cualquier mínimo detalle que provocase la más ligera duda sobre su registro de vida, Boreazan lo encontraría.

Por su parte, la búsqueda que él mismo se había encomendado habría de ser el cúlmen de lo que su alumno hallase en la datored: Si Boreazan tenía éxito y sus sospechas se veían confirmadas, toda la información que él había recopilado durante gran parte de su vida, y la que a mayores lograse hallar en esta búsqueda con renovadas energías (poca cosa, con toda seguridad, pero debía asegurarse de que nada nuevo había salido a la luz en el último año) significarían posiblemente la solución a un antiguo enigma.

Lo que más le preocupaba era poder llegar alcanzar la plena capacidad para llegar a ser consciente de la indiscutible importancia de la situación; comprobar como verdaderamente viable el ser capaz de asimilar la posible realidad de la indiscutible existencia de aquel humano si se cumplían sus presunciones.

¿Sería capaz de admitirlo?

¿Qué sucedería si, como ávida y verdaderamente creía, sus viejas conjeturas se convertían en realidad? ¿Y si todo lo existente en los escritos fuese totalmente cierto? Yoet nunca había llegado a imaginar esa concreta parte de tal sueño, pues nunca había creído factible llegar a encontrar a alguien como lo que deseaba que fuese Odded, tal y como explicaban las escrituras a las que había dedicado casi toda su vida; pero a pesar de sus denostados esfuerzos en la continua y en ocasiones enmarañada búsqueda de infomación disponible tanto en la Confederación como en la Corporación, en el fondo, en los más profundo de su ser, en las relegadas entrañas más oscuras y veladas de su existencia plenamente consciente, nunca había admitido seriamente que pudiese llegar el día en que las antiguas escrituras se convirtiesen en palpable realidad.

Intentaba siempre pensar que si, por supuesto, que era cierto, que algún día todo quedaría revelado.

Pero no podía.

Yoet comenzó a sentir una curiosa mezcla de nerviosismo, irritabilidad, ansia y satisfacción mientras jugueteaba con la pequeña pieza entre sus dedos. Habían pasado ya varios minutos desde que había dejado su habitáculo personal y ni siquiera había conectado su periférico al monitor para comenzar la búsqueda de los últimos detalles y comprobaciones; podía tratarse de cobardía, en cierto modo (¿Sería posible?) ante la posibilidad de enfrentarse con tan importante hallazgo (en caso, se repetía, de producirse), o precisamente el tiempo hasta el momento gastado en pensamientos una preparación mental para asimilar correctamente sus deseos, posiblemente convertidos en realidad.

-El único que tiene verdadera potestad para dañar impunemente a los demás, es aquel que no puede ser dañado… - susurró lentamente el profesor mientras su mirada vagaba pausadamente por el habitáculo de su hijo. Se trataba del inicio de la letanía de una vieja leyenda; aquella misma quimera en la que desde siempre y sin razón lógica alguna había creido a pies juntillas… aunque no (comprobaba realmente) en lo más profundo de su ser.

Cerró los ojos y comenzó a pensar.

Todavía no era el momento de buscar nada en la datored, había concluido. Con seguridad no habría nada nuevo; hacía años que ningún estudioso desplazaba horas de trabajo hacia aquella historia. Lo más prudente sería repasar toda la información que durante tantos años había recopilado y guardado en la placa de memoria que descansaba entre sus manos. Abrió los ojos de nuevo y se dispuso a trabajar sin descanso; Yko tendría que dormir en otro lugar esa noche, pensó mientras desconectaba los monitores-comunicadores del habitáculo para no ser molestado absolutamente por nadie.

Por eso se sorprendió tanto cuando una de las pantallas volvió a activarse sin motivo aparente; por eso dio un respingo en el asiento cuando escuchó la voz por el conductor de sonidos; por eso se asustó cuando en la pantalla pudo apenas discernir la frágil figura magenta de una niña sumida en la oscuridad, sentada en un módulo de descanso y mirando directamente hacia él.

-¿Profesor Yoet?

El dagarv apenas pudo articular palabra. Sin embargo su vista, el sentido que más información podría proporcionarle en aquella situación, reaccionó de inmediato sin dejar de escudriñar con impaciencia cualquier mínimo rastro que le pudiese ofrecer algún tipo de información sobre quién podría haber abierto tan inhabitual conexión.

Tras los iniciales segundos de indecisión, sorpresa y búsqueda de información visual, el profesor volvió a acomodarse lentamente en la demasiado rígida silla de su hijo Yko sin más respuesta a sus pesquisas que la siguiente: por lo poco que podía ver en la oscuridad que rodeaba a la representación holográfica que le había hablado, la llamada que estaba recibiendo surgía del interior de un habitáculo confederado residencial de tipo medio.

En principio no parecía tratarse de la Corporación, por lo que Yoet resopló algo más tranquilo, pero entonces… ¿Quién habría podido establecer una conexión directa con su residencia sin haber pasado por los trámites habituales de enlace? Porque las conexiones no se establecían de aquella manera; en absoluto.

Lo que veía a través del monitor-comunicador era sin duda un colorista holograma, y bastante mal configurado, por otra parte; sin embargo la cítrica voz que recibía a través de los conductores de sonido parecía… parecía simular la de una niña… aunque el tono… no era real; no podía serlo en absoluto: de ninguna manera. Con ello podría asegurar casi sin temor a equivocarse que todo era producto de un programa virtual no conectado a una transmisión real; es decir, nadie estaba usando el programa para modificar su verdadera voz y hablar con él por medio de un holograma tan mal configurado; el programa mismo estaba hablándole.

La Teoría de Pret (también llamada por algunas minorías La navaja de Ockham) confirmaba que era cierto, que aquella respuesta podía confirmarse como la verdad más factible, que el programa había conectado la llamada, pero le resultaba absolutamente imposible además de inconcebible asimilar tal realidad como válida.

Imposible.

De tal modo (si en verdad era imposible) alguien tenía que ser el responsable (tal vez responsables) de la conexión que estaba recibiendo en aquellos momentos; quizá se tratase de algún mensaje grabado con anterioridad (tiempo al tiempo, pronto lo comprobaría) y que con seguridad no exigiría ningún tipo de interacción o respuesta por su parte; los programas no podían actuar de aquel modo, iniciando conversaciones haciendo uso del libre albedrío. Quien fuera que estuviese detrás de la representación holográfica, había optado entonces por no mostrar su rostro, bien por ser una persona conocida por el mismo profesor, conocida por la sociedad en general, o porque simplemente entre sus planes no entraba mostrar su rostro y darse a conocer de momento.

¿Significaba aquella falta de identidad un riesgo para su persona? El profesor calibró con imperioso cuidado la terrible idea surgida en su mente. De momento (e intentaría fervorosamente evitarlo en un futuro sensiblemente cercano) no conocía nada que pusiese en peligro dicha identidad, con lo que su interlocutr en la sombra podía sentirse tranquilo; igual que él.

La mente de Yoet recorrió con presteza los modos de actuación tanto confederados como corporativistas, y el patrón de comportamiento vigente en la conexión no coincidía con ninguna de las dos ingentes entidades; por tanto ni la Confederación lo había descubierto por el momento, ni la Corporación exigía la entrega de nuevos informes.

¿Qué otra cosa podía hacer más que responder a la llamada?

Sin embargo, sin saber qué intenciones tenía quién fuera que había establecido la llamada, tendría que actuar con cautela, sin decir demasiado pero conminando sutilmente al mismo tiempo a su interlocutor para que contase lo máximo posible dsobre sus propias intenciones. Muy importante ser sutil. ¿Por qué estaba nervioso? Vaya…

¿Quién no lo estaría?

-¿Profesor Yoet?

-Si; si. Aquí Yoet Yke. – Respondió demasiado rápidamente. - ¿Con quién tengo el placer de conversar? – terrible respuesta; tendría que hacerlo mucho mejor.

-Mi número de identificación es 348-1023, Plataforma Principal de Sisema Central de Bloque Urbanita N3-2047D-824.

Sólo existía una posible relación con aquel número de identificación, por increíble e inesperado que le pareciese; el lugar y las señas que aquel holograma revelaba vivía un personaje realmente inquietante al que conocía desde hacía poco tiempo.

Con inquieta calma y con la lengua algo pastosa formuló la primera de las muchas preguntas que comenzaría a formular atropelladamente durante la siguiente hora y media.

-Eres… - Tragó saliva. - ¿Eres el sistema central de Odded Tyral?

lunes, 15 de diciembre de 2008

Capítulo 33



-Acti labores iucundi-
(Las tareas ejecutadas son agradables)

La última comida del día en la ostentosa residencia de la familia del profesor Yoet transcurrió de manera fácil, amena y sin tensiones de ningún tipo, y casi lograron por unos instantes olvidar los sucesos que ambos, profesor y alumno, habían vivido sólo unas pocas horas atrás. En todo momento Boreazan se sintió por completo arropado por la agradable familia del profesor; tanto su esposa como sus dos descendientes se mostraron sumamente amables con el joven veridai, y dejaron entrever claramente que hacía mucho tiempo que esperaban conocer al aventajado alumno.
La cena, para la familia, fue considerada como un maravilloso regalo.
La conversación fue el plato fuerte de la noche, además de la (por descontado) deliciosa cena preparada por el Sistema Central de la residencia, a base de extracto sintético de carne de Volne cocinado con especias Terathianas. Tanto Kládera como Yter e Yko no dejaron de realizar innumerables preguntas a su invitado sobre muy distintos temas: desde cómo se sentía al trabajar de manera tan cercana con una reconocida eminencia del pensamiento confederado como lo era Yoet, pasando por cuestiones sobre la vida privada de Boreazan o preguntas sobre la realidad política de la Confederación; cómo era el día tipo de un estudiante tan magnífico; cuantas ofertas de Centros Educacionales habían rechazado hasta el momento (y cual o cuales acabarían probablemente aceptando), hasta incluso llegar a preguntar sobre los últimos planteamientos filosóficos en los que estaban trabajando juntos (cosa que, como reconocieron al instante, no conocían debido a la negativa de Yoet de compartir con ellos ningun pensamiento hasta que no estuviese por completo preparado para su defensa).
Tras la comida, Kládera se llevó a sus dos hijos lejos de la mesa con la excusa de revisar una de las pequeñas pantallas de comunicación del habitáculo destinado a guardar los vehículos. Los tres se despidieron agradablemente de Boreazan hasta el día siguiente y se alejaron dejando a profesor y alumno la oportunidad de hablar y desplegar las (seguro) importantes teorías que debían desarrollar y revisar, lo cual les dio la oportunidad de retirarse al despacho del profesor sin verse obligados a mentir al respecto con cualquier excusa.
Al menos en principio, el tema que debían tratar no era, estricta y precisamente, de corte filosófico.
Boreazan nunca habría imaginado que la mujer del profesor (siendo sincero nunca habría imaginado mujer alguna para el profesor), fuese precisamente de raza linoceta; él no conocía a ninguno personalmente, pero la raza gozaba, como todas, de ciertos estereotipos ante los cuales era difícil no caer en la tentación de creer.
Siempre se tendía a generalizar (había sido seguramente inevitable desde el mismo inicio de los tiempos), pero algunas historias eran más precisas que otras. Por ejemplo se decía de los humanos que no eran dignos de confianza, que al principio todo eran palabras amables y luego sucumbían ante sus propios intereses cayese quien cayese ante ellos, amigos, conocidos o enemigos por igual. Sobre los dagarv (Boreazan conocía a más de uno excluyendo al profesor, y creía poder hablar con algo de base al respecto) se comentaba su tendenciosa pretensión cuasi obsesiva por la etiquetización y estandarización de la mayoría de los conceptos teóricos plausibles para el libre pensar (y no tan plausibles) que existían en el universo. Solían acabar como consejeros, filósofos, profesores, políticos, psicólogos, sociólogos… aunque en realidad había de todo, hasta mineros, en todo caso; pero lo que se contaba sobre ellos era básicamente cierto.
Pero los linocetasecorípanos… El carácter general que Boreazan conocía de ellos los instauraba en cotas de intelectualidad sensiblemente más bajas que las de los dagarv (y por tanto similares a las de los humanos), pero con capacidades socilales innatas que los dagarv sólo podrían alcanzar tras mucho esfuerzo; eran bastante más abiertos, verdaderos animales sociales por naturaleza que nunca podrían encontrarse en puestos de corte administrativo, como banqueros, inspectores de trámites, traductores, operadores de almacenamiento o de cualquier otro tipo…
Así pues, comprobar cómo la pareja formada por Yoet y Kládera parecía funcionar a la perfección, clavó en el intelecto del confiado Boreazan la primera punta de la inseguridad en su previamente estructurada configuración social.
El profesor le invitó a pasar en primer lugar a su despacho y tras entrar con él, selló la compuerta de acceso y activó el anulador de factura corporativista.
-Espero que mi familia no te haya importunado con sus comentarios en algún momento. – Dijo Yoet mientras ofrecía asiento a su alumno. Con tranquilidad comenzó a servir en dos pequeñas copas un poco de zumo de mhyytka. – La mayoría de las veces no piensan en lo siguiente que van a decir.
-¡Profesor! – Respondió riendo Boreazan al tiempo que se aferraba a su copa. – No lo dirá en serio; tiene una familia maravillosa. – Su sonrisa pronto desapareció. – La verdad es que durante algunos momentos ni siquiera me acordé de lo sucedido en el local. Le juro que nunca más quedaremos en ese tipo de lugares para discutir nuestras teorías.
-Nada, nada. – Respondió mientras se sentaba bajo el ventanal. – Estoy seguro de que fue un suceso aislado. No es que me gusten especialmente los locales sociales a los que me llevas, pero… - Bebió una ínfima cantidad del dulce zumo. - …estoy también convencido de que incluso nos vienen bien.
-No voy a pedirle explicaciones a eso, profesor.
Algunos segundos de incómodo silencio provocaron la pronta desaparición de las sonrisas que empezaban a aparecer en sus rostros. Finalmente fue el profesor quien se obligó a volver a hablar.
-Boreazan; como antes afirmé, existen historias que no deben ser contadas a menos que el que las ha vivido desee compartirlas. Lo sucedido con el personaje vestido de blanco en el local…
-Szawmazs. – Interrumpió el veridai. – Su nombre es… era Szawmazs; y su historia, desde el momento en que se entrecruza con la mía, forma parte de de mi historia reciente, y por tanto también de la suya, quiero imaginar. – Yoet continuaba callado, instando pacientemente con la mirada a su alumno a que continuase, si aquel era su deseo. – Dicha historia puedo… debo compartirla con usted, sólo si usted quiere. Pero no ahora; no tan pronto… Si me lo permite.
-Podría repetir lo que he dicho antes. Sólo cuando tú quieras. – Yoet se levantó de su asiento y se acercó a la pared de su derecha, donde abrió uno de los metálicos cajones. – Ahora es momento de que nos planteemos cual es la situación que nos incumbe. – Y volvió a sentarse con una pequeña placa en la mano que había extraído del compartimiento; la dejó sobre la mesa, a su lado.
Boreazan le dedicó un rápido vistazo, lo suficientemente rápido como para apreciar su forma (similar en aspecto y tamaño a una de las plataformas principales del Sistema Central de cualquier habitáculo residencial) pero no tanto como para discernir sus posibles funciones. El profesor continuó hablando.
-Confiando en que los supuestos de nuestro nuevo amigo humano sean ciertos, me extraña enormemente que alguna Sección de Seguridad no haya llegado ya a estas alturas y, por lo menos a ti, te hayan puesto bajo su custodia.
-Quizá eso signifique que no es cierto lo que nos dijo.
-No, no. En absoluto. Sinceramente creo en su palabra. Tomó la decisión de ayudarte… ayudarnos en un momento crítico. Y si por si ese hecho no fuese suficiente como para poder confiar en él, le quitaron la vida. Todo por defendernos.
-Yo no se qué busca ese humano, si es que es humano, - pensó en voz alta el veridai. – pero si tiene la… la habilidad de… - Boreazan parció perder los nervios por un momento. - ¡Esto suena ridículo!
-Y sin embargo deberíamos decirlo y repetírlo las veces que sean necesarias hasta que lleguemos a creerlo. Si, Boreazan; el humano volvió a la vida. Dilo.
-Oh, profesor; no hablará en ser…
-Dilo en alto. – La voz de Yoet había adquirido un timbre que Boreazan nunca había percibido. Tal vez sería mejor seguirle la corriente.
-El humano volvió a la vida.
-Bien. Mantén esas palabras en tu cabeza hasta que germinen, porque fue exactamente eso lo que sucedió en el local.
-Pero a eso mismo me refiero, profesor. Si tiene esa habilidad… ¿Qué mejor manera que ganarse la confianza de alguien más que hacerle presenciar su muerte al intentar protegerlo?
El profesor desvió su mirada durante unos brevísimos instantes hacia la pequeña placa que descansaba sobre el enorme escritorio, y al momento volvió a mirar a los ojos de su alumno.
-No creo que ninguno de los dos lleguemos a ser conscientes del terrible dolor que el humano ha sufrido por interponerse entre aquellos mercenarios… o asesinos, y nosotros. Ese trance debería ser prueba más que suficiente. Pero sobre todo da la impresión de que has olvidado que han muerto cinco seres en el local a manos del humano; repito, por defendernos. ¿Merecería el engaño que tú supones, la muerte de cinco personas?
-Bien… - Dudó el veridai. – Bueno… Tal vez si en realidad su pretensión fuese la que usted afirma… Entonces…
-Entonces deberíamos también suponer que el resto de información que nos ha suministrado es correcta. Al menos en parte; lo que no creo es que lo que lleva acoplado a su mochila de transporte ligero sea la plataforma principal de su habitáculo.
-¡Exacto!
-Pero él no tiene por qué saber que no es así. – Yoet se incorporó lentamente de nuevo para mirar a través del ventanal el ya escaso tráfico en el exterior. - Parece desconocer en gran medida los aspectos más elementales de nuestra sociedad, nuestros usos y costumbres, y sin embargo… me parece al mismo tiempo entrever en su persona una educación y una moral cualitativamente excelentes.
-De todas formas lo que nos advirtió no se ha cumplido…
-De momento. – Interrumpió Yoet.
-Bien, si; cierto… de momento. Pero nadie ha venido a reclamarnos. Ni seguridad aérea, ni seguridad terrestre, ni sección alguna de seguridad de bloque... – Boreazan dejó de hablar, y su pensativo ceño dio paso a una nueva aseveración. – Yo digo que le investiguemos.
El profesor, alertado por un leve y casi imperceptible sonido de su periférico, le dio la espalda al ventanal y se acercó al monitor-comunicador integrado en la mesa. Se sentó, conectó un par de cables, oprimió algunas teclas y volvió a desconectarse.
-¿Pasa algo? – Boreazan, nervioso, no pudo evitar preguntar.
-Mi familia. Querían saber si deseábamos alguna cosa antes de que saliesen al exterior. Van a presenciar una representación corporal clásica universal. Brecht, creo.
El zumo de Mhyytka se había acabado y Yoet volvió a ofrecer a Boreazan el líquido pardo-rojizo que había parecido calmar su sed en la conversación de varias horas antes en el mismo despacho.
-Podría ser muy interesante. – Susurró el profesor mientras llenaba la pequeña copa de su alumno.
-¿Disculpe?
-Haremos lo siguiente, si estás de acuerdo. – Volvió a cerrar el recipiente que contenía la fuerte esencia de Venoda. – Esta noche investigarás a Odded desde aquí, mientras yo dedico mis esfuerzos a otro tipo de búsqueda que tal vez nos proporcione información adicional sobre el humano. Conéctate a la datored en el monitor de la mesa. Confirma y compara cualquier información que encuentres en su registro de vida; estudia todos los detalles que documentes, por absurdos que puedan parecerte. – Dijo mientras se incorporaba y le cedía su sitio. – Yo trabajaré desde la pantalla del habitáculo contiguo.
Dicho lo cual recogió con mucho cuidado la misteriosa placa que descansaba sobre la mesa y desactivó al poco el sellado de la compuerta. Antes de que pudiese salir del habitáculo, Boreazan no pudo reprimir un inocente acceso de curiosidad.
-¿Hay algo que quiera contarme, profesor?
Yoet se dio ligeramente la vuelta, apoyado en el umbral del acceso mientras, pensativo, miraba la pequeña placa que reposaba entre sus manos y comenzaba a sonreir.
-No ahora, si me lo permites. No tan pronto. Estoy en mi derecho, creo.
Y salió del habitáculo. Boreazan estaba seguro de la importancia de aquella enigmática placa en las investigaciones del profesor, pero por mucho que lo intentase no podía determinar de qué tipo de aparato se trataba.
No podía ser una plataforma principal de algún Sistema Central, pues sólo había una por residencia y la Confederación no permitía precisamente la posesión de más de una; en caso de necesidad de reparación de una de las plataformas, ésta era sustituida por otra, pero el funcionamiento de cada una de ellas siempre se solapaba. ¿Tal vez se trataba de la plataforma de alguna otra residencia de la familia del profesor? Posible. Seguramente el profesor Yoet poseía más de un habitáculo residencial, aunque Boreazan no podía saberlo con seguridad. Pero aquella placa… sólo le parecía una plataforma, aunque en absoluto estaba seguro de que lo fuera.
-Acabará contándomelo. – Dijo para si mismo Boreazan. El veridai en realidad no tenía ganas de jugar a investigadores con el profesor; prefería hacerlo con respecto al humano.
Conectó varios cables de su periférico a las entradas laterales del monitor insertado en la superficie de la mesa de estudio del profesor y enseguida abrió comunicaciones con la Sección de Almacenamiento y Registro de Datos de la Confederación, dispuesto a cubrir al momento una ficha de pedido. No era la primera vez que pedía el registro de vida de algún ciudadano confederado, y en ese sentido estaba tranquilo; la identidad falsa que tres años atrás había conseguido que le configurase un especialista, unida a las nuevas competencias no demasiado legales introducidas en su periférico, le aseguraba certificación plena a la hora de exceder los niveles de seguridad confederados. Aquel especialista le había comentado algo sobre un generador aleatorio de caos que había programado en el periférico, por lo que cada vez que solicitase cierta información que requiriese cualquier tipo de comprobación de datos por parte de la Confederación, el generador se encargaría de ofrecer dicha información, aunque no fuese precisamente la verdadera.

>02:44 – 08/09/3824. Solicitud de datos. De: Treratrha Gadese. Para: Adquisición de registro de vida de Odded Tyral.
>...
>...
>...
>...
>02:46 – 08/09/3824. Solicitud de sujeto aceptada. Tramitación registro de vida. Respuesta afirmativa.
>...
>D. SARDC.
>Conexión SARDC desactivada.
>G-A./U.D.
>...
>Última descarga guardada.
>Abriendo Registro de vida Odded Tyral

Tras descargar el archivo y cerrar la conexión (pedida en esta ocasión por una tal Treratrha Gadese, a efectos de los registros de la Confederación), abrió el documento y comenzó a estudiarlo detenidamente.
-¡Oh! – Dijo de repente sonriendo, al tiempo que se incorporaba del asiento y se acercaba a la pared. Se concedió un momento para comprobar que el anulador corporativista seguía emitiendo.- ¿Dónde has guardado las esencias buenas, viejo?
Aquella sería posiblemente una noche muy larga, y seguro que a su maestro no le importaba ceder algunos de sus mejores licores por la causa.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Capítulo 27


-Pacta sunt Servanda-

(Los pactos son para cumplirse)


El vehículo de desplazamiento solicitado los había recogido en una de las salidas de las laberínticas callejuelas que daban a la zona trasera del local social. No era demasiado habitual que uno de aquellos vehículos descendiese al nivel del suelo en una zona tan solitaria y a horas tan intempestivas, pero el conductor resultó ser un viejo conocido del profesor (así lo había pedido explícitamente Yoet a la empresa de vehículos de transporte), por lo que tras un breve intercambio de saludos y amables y sinceras preguntas sobre las familias de ambos, el conductor no reparó siquiera (o no quiso hacerlo) en el terrible y desaliñado aspecto del humano que acompañaba a su antiguo y buen amigo y al veridai.

En aquellos precisos instantes (aproximadamente unos quince minutos después de lo sucedido en el local) el tormentoso cielo comenzaba a descargar la dulce y habitual lluvia mientras el vehículo se desplazaba a gran velocidad en medio del transitado tráfico a la altura del nivel de vía setenta y dos, lo que correspondía con una elevación de trescientos sesenta metros sobre la superficie del nivel uno; todavía tardarían, en gran medida debido al tráfico en cotas tan elevadas, al menos otros quince minutos. La residencia del profesor no estaba lejos.

Las desgracias nunca venían solas, o al menos eso era lo que pensaba el joven Boreazan: La primera de ellas, aunque no la más grave, era la aparición de su viejo amigo Szawmazs cuando ya creía haber escapado (y haber logrado olvidarse definitivamente) de los terribles y angustiosos sucesos del pasado; y la segunda (la verdadera desgracia que Boreazan no podía quitarse de la cabeza), la muerte del mismo Szawmazs a manos de aquel humano. A partir de entonces no existiría la compasión.

Si alguien tan obtuso y poco sutil como Szawmazs le había encontrado, era seguro que cualquier otro miembro de la familia Vezsmna podría hacerlo de nuevo. ¿Tanto se había descuidado en los últimos tres años? ¿Tanto había bajado la guardia? No lo creía: actuaba siempre con sumo cuidado cuando se conectaba a la datored confederada (cambiando continuamente las medidas de seguridad y los protocolos de identificación para que su identidad verdadera se mantuviese de continuo en el más absoluto anonimato); cambiaba de residencia física cada poco tiempo, y nunca frecuentaba los mismos lugares. Pero estaba claro que aquel planeta, y aquella ciudad en particular, se habían encargado de mostrarle cómo nacía en cualquier ser la sensación de poder llamar a algún sitio “hogar”, sobre todo después de tanto tiempo sin uno propio.

Al poco de conocer al profesor Yoet Yke, decidió instalarse permanentemente en Oeveey, por lo que tal decisión tuvo que ser lo que provocó que le encontrasen; sabía desde un principio que se arriesgaba mucho, tal vez innecesariamente, pero por aquellas fechas su deseo de vivir tranquilamente el tiempo que le quedase era sensiblemente superior al de continuar escapando. Cuando vio a Szawmazs en el local, además del lógico miedo, sintió que por lo menos aquellos tres últimos años los había vivido en paz y rodeado de verdaderos amigos como el profesor. El hecho de que aquel humano hubiese evitado su segura muerte en aquel local social sólo retrasaba el que sin duda volviesen a encontrarle, por lo que hasta entonces viviría esperando una muerte lenta y dolorosa.

Gran favor: Otro descendiente del gran Hegemon Lozswas Vezsmna cuya muerte se relacionaba directamente con Boreazan Veer. ¿O tal vez debería volver a cambiar de nombre y comenzar de nuevo su huida?

Pero hacia dónde, pensó el veridai, hacia donde podría escapar si nunca olvidaría lo feliz que había sido en Oeveey, su hogar…

-Mi hogar. – Dijo susurrando sin darse cuenta, mientras observaba el constante fluir de todo tipo de vehículos a través de las diminutas ventanas del transporte en el que se encontraban.

-¿Cómo? – Boreazan escuchó entonces la voz del profesor. Tanto Yoet como el humano habían salido de su propio ensimismamiento y lo miraban profundamente extrañados. - ¿Qué decías?

No quiso responder; no tenía fuerzas para explicar todo aquello que sentía. Desvió la mirada y siguió observando el artificial paisaje, sólo para darse cuenta de que ya estaban llegando al edificio en el que vivía el profesor. El vehículo se desvió apartándose ligeramente de las rutas por las que discurría el tráfico; pocos segundos después estaba sujeto al sistema de anclaje estándar del piso ciento catorce, justo enfrente del portal de acceso para vehículos de la residencia del profesor Yoet.

-Gracias por traernos, Jhalhajedh; saluda a tu mujer de mi parte. – Dijo el profesor mientras se diponía a insertar uno de los cables de su periférico en la entrada de registros del vehículo público.

-Profesor Yoet – replicó rápidamente el conductor. –, no se moleste en intentar pagar el viaje. El programa de registros lleva fallando un par de días, al igual que el sistema de seguimiento e imagen; tendré que llevarlo a que lo reparen.

Yoet observó el monitor de transferencia de créditos y las entradas del sistema de registros del vehículo; todo parecía estar en perfecto estado, al igual que la pantalla de la derecha del conductor, en la cual podían reconocerse perfectamente sentados los tres en la parte de atrás. Además, sólo había una cosa en todo el universo que Jhalhajedh mimase mejor que su vehículo: su mujer Vhrieida.

Así que era eso; el vehículo no necesitaba ninguna reparación. Todo funcionaba correctamente; y seguramente la pantalla ni siquiera estaba transmitiendo. Jhalhajedh era un buen amigo; tal vez debería invitarlo junto a su amable mujer a cenar alguna que otra noche, como hacían antes del ingreso de Yoet en la Universidad Central de Toram como instructor educacional.

-Pues muchísimas gracias por todo, Jhalhajedh. – Respondió el profesor mientras tecleaba en su periférico la clave para abrir la compuerta de acceso para vehículos de su residencia.

Boreazan, mientras tanto, ya había deslizado hacia arriba la compuerta del vehículo. Los tres entraron en un amplio y oscuro habitáculo que pertenecía a la residencia del profesor Yoet.

-Pasad, – invitó Yoet. – pasad mientras cierro la compuerta. Aquí solemos guardar nuestros vehículos, aunque ahora lo veais vacío. Eso sólo me hace pensar que mi mujer no ha llegado todavía de su ocupación y que mi hijo Yko ha vuelto a coger mi viejo transporte sin permiso.

Una vez cerrada la compuerta de acceso a vehículos, Boreazan y Odded siguieron al profesor sin decir palabra a través de la austera y ahora tenuemente iluminada sala, hacia una compuerta metálica y deslizante situada en el extremo más alejado.

-Pasad – volvió a repetir Yoet mientras abría la puerta. –… podeis sentaros donde querais, pero sobre todo intentad descansar, yo vendré enseguida. Central: Luces.

La sala se iluminó por completo mientras el profesor se alejaba hacia una de las innumerables puertas que se veían, pronunciando en voz bastante alta los nombres de los integrantes de su familia. Aquel habitáculo era sencillamente impresionante, decorado hasta cubrir todo el espacio disponible, suntuoso y avasallador, solemne y aparatoso. Boreazan nunca habría adivinado que este era el gusto del profesor; más bien se habría inclinado, en caso de verse obligado a imaginarlo, por algo más parecido al habitáculo que acababan de dejar atrás. Pero por supuesto no podía haberlo sabido, porque en casi tres años de gran amistad, aquella era la primera vez que Yoet le enseñaba a su alumno su residencia; y aquel humano el primer día ya estaba allí.

Claro que el contexto era bastante inhabitual.

Boreazan se tumbó cuan largo era en el enorme módulo de descanso del centro de la sala y cerró los ojos, manteniendo en su rostro una grave y preocupada expresión; Odded, sin embargo, prefirió quedarse de pie, aproximadamente en el centro del espacio al que habían accedido. Boreazan abrió de nuevo los ojos y se fijó en él pausadamente, tal vez por vez primera desde el altercado que habría de suponer la futura y horrible muerte del veridai a manos de cualquiera de los Vezsmna; aquel humano parecía hablar solo, moviéndose inquieto un paso adelante y otro atrás. ¿Por qué estaría nervioso?

Odded no dejaba de pensar en las consecuencias de lo sucedido en el local social.

-Cielo.

-Si, Odded.

-¿Podrías decirme cómo está la situación? – Odded no dejaba de preocuparse por no manchar demasiado el señorial y pomposo habitáculo de aquel dagarv; no quería recordar cómo había dejado el taxi.

-Por supuesto, Odded. Hace doce minutos el encargado del local avisó a la Seguridad Terrestre. Cuatro minutos más tarde las Seciones doscientos cuarenta y nueve, doscientos cincuenta y seis y doscientos cincuenta y siete de Seguridad Terrestre llegaron al lugar del suceso. Han sido introducidas en la datored confederada vuestras descripciones aproximadas. He de decir que en lo que a ti se refiere, no han hecho justicia.

-¿Eso ha sido una broma o un cumplido?

-Ninguna de las dos cosas, Odded. Simplemente una imitación muy primaria de tus recursos linguísticos.

-Vale. – Continuó susurrando Odded al tiempo que esgrimía una sonrisa de complicidad. Por un momento Central había conseguido que olvidase el grave y embarazoso lío en el que sin duda, por lo que estaba comprobando, estaban metidos los tres. - ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-Hace cuatro minutos la orden de búsqueda ha sido desplazada a la Seguridad Aérea. Gracias a la artimaña del conductor del vehículo en el que llegásteis y al lugar en el que os encontráis, Seguridad Aérea no conoce todavía vuestra situación.

-Creí entender que la Confederación sabía exactamente dónde se encontraban todos y cada uno de los ciudadanos de su territorio en todo momento. – Odded decidió dejar de dar pequeños pasos de un lado para otro; estaba dejando el suelo como un lodazal ensangrentado. Sería mejor que se cambiase de ropa cuanto antes.

-Los estratos más altos de la sociedad no cargan con ese tipo de vigilancia, Odded, y este parece ser el caso del profesor Yoet Yke. Aún así sólo es cuestión de tiempo que identifiquen su descripción, rastreen la última señal de vuestros periféricos y os encuentren.

-¿Me han identificado a mi?

-Las Secciones ochenta y nueve y noventa y cuatro de Seguridad Aérea y la Sección veintitrés de Seguridad Convencional se dirigen en estos precisos instantes hacia tu habitáculo. Las Secciones ciento doce y ciento setenta y seis de Seguridad Aérea y la Sección dieciseis de Seguridad Convencional del bloque urbanita 14J están entrando en el habitáculo del estudiante Boreazan Veer.

Odded desvió su atención hacia el joven y estirado veridai que descansaba en aquella suerte de sofá, completa y aparentemente tranquilo y por completo ajeno a la situación.

-¿Qué le pasará? – preguntó Odded.

-Será llevado con toda probabilidad a la Sede de Seguridad más cercana, donde será interrogado y posteriormente puesto en libertad.

-¿Seguro? Entonces no es mayor problema…

-Espera un momento, Odded.

-...

-¿Qué sucede, Cielo?

-...

-¿Cielo?

-Odded. Si encuentran a Boreazan y lo trasladan para su interrogatorio abrirán su ficha para anotar el incidente en su registro de vida.

-Bien… No entiendo, Cielo ¿Cual es el problema?

-No tiene, Odded. No tiene registro de vida; casi toda la información sobre Boreazan Veer aparentemente existente en la datored confederada no es más que una ilusión, y lo poco que hay es muy probablemente falso. El hecho de que la Confederación todavía no haya reparado en tal situación es que la falsificación de los datos ha sido introducida directamente en la base de datos de Oeveey sin pasar antes por la Sección de Almacenamiento y registro de Datos que la Confederación posee en Toram, la principal de esta parte de la galaxia. Pero a poco que su expediente salga a relucir por cualquier causa, por carente de importancia o leve que ésta sea, lo descubrirán.

-Vaya. – Odded volvió a fijar su atención en aquel joven veridai con una historia algo más complicada de lo que se podía llegar a suponer en un principio - ¿Puedes hacer algo? No sólo por él, sino por nosotros. No se hasta que punto llegan tus habilidades. Tal vez podrías ponerme en contacto… no se… no se me ocurre nada. ¿Qué harías tú en mi situación?

-Salir del planeta de manera clandestina.

-¿Qué… - Odded no daba crédito. - ¿Es otra broma?

-No, Odded. Pero dejaremos esa opción como último recurso. Veré qué puedo hacer.

Odded ya no estaba tan tranquilo. Miró su periférico: las diez y treinta y seis del día seis de Septiembre del año tres mil ochocientos veinticuatro. ¿Qué diablos estaba haciendo en aquel tiempo y lugar? ¿Quién le había mandado despertar?


No nos digas que realmente no lo sabes, nuestro gran amigo Odded; la historia tiende a repetirse ¿No crees? Sólo falta que aparezca alguien como Beatrice. ¿La reconocerás? ¿Te darás cuenta entonces? ¿Llegarás a verlo claramente cuando ella aparezca?

Pero tranquilo; no te preocupes; no sufras innecesariamente desde un principio; no llores la muerte de alguien que todavía no ha muerto. Pero cuando suceda, cuando tu destino vuelva a alcanzarte, cuando el verdadero amor que alimenta tu existencia alcance la muerte, no te dejaremos caer en el más profundo de los abismos. Estaremos siempre a tu lado. La Parca nunca vencerá en modo alguno a la memoria.


El profesor reapareció por una de las innumerables compuertas de la enorme sala. Traía una bolsa grande y liviana que ofreció a Odded en cuanto llegó a su altura.

-Toma; pruébate esta ropa. Es de mi hijo Yko, y creo que te servirán. Puedes limpiarte y cambiarte en la sala tras esa compuerta. – Y añadió dirigiéndose a Boreazan. – Tu y yo esperaremos a que nuestro amigo Odded termine, preparando algunas bebidas que nos calmen un poco y nos ayuden a pensar qué hacer a partir de ahora; todos tenemos mucho de lo que hablar.

Poco después las bebidas ya estaban preparadas y un Odded limpio y reluciente los acompañó a otra sala, más pequeña y acogedora; empezaba a quedar claro que la decoración anterior había sido obra de otra persona; tal vez de la mujer del profesor, porque el, en cierto modo, reducido espacio en el que se encontraban (se trataba de un habitáculo de aproximadamente diez por diez metros por tres de alto) sólo tenía por elementos decorativos dos extraños pedruscos del tamaño de un puño, uno rojo y otro azul, situados sobre la superficie de una vieja mesa metálica de despacho. A mayores había tres sillas metálicas aparentemente bastante incómodas y tras la mesa, un amplio ventanal que presidía imponente la habitación.

-Por favor, no os quedéis de pie. – Dijo el profesor mientras activaba un panel oculto en la pared; al parecer toda la superficie lateral del habitáculo era como una especie de archivador: al presionar en ciertos lugares, una especie de profundo compartimento salía hacia fuera lentamente.

De uno de esos cajones extrajo el profesor una extraña y negra figura de forma piramidal con base triangular y una altura aproximada de cinco centímetros que dejó sobre la mesa.

-¿Una anulador corporativista? – Dijo sorprendido Boreazan inclinándose hacia delante en la silla.

-No, en absoluto. – Respondió con presteza Yoet. ¿Y cómo sabes tú lo que es?, pensó.

Ambos se miraron extrañados, y cualquiera que presenciase la situación desde el exterior (como Odded en este caso, por ejemplo) creería apreciar desconfianza y resquemor entre aquellos dos individuos; pero lo que en verdad expresaban sus miradas era extraordinaria curiosidad; como si se acabasen de conocer apenas tres días atrás, y no tres años; como si no fuesen profesor y alumno, sino unos completos desconocidos.

-Bueno, Boreazan; primero tus amigos del local y ahora esto… – El profesor, con expresión de duda, había roto el hielo. – Pero entiendo con absoluta certeza que ciertas historias sólo deben ser relatadas cuando el narrador se sienta preparado; así pues, lo dejo en tus manos.

Acto seguido oprimió un inapreciable botón en el pico de la pirámide y ésta comenzó a emitir un leve zumbido en absoluto molesto.

-Ahora es cuando deberías haberte sorprendido, mi al parecer no tan aventajado alumno - continuó Yoet. –, porque a pesar de que la Confederación no mantiene mi residencia en vigilancia como le sucede a las clases media y baja, tu estupefacto cuando estúpido comentario ha sido registrado por el Sistema Central de mi austera vivienda; sólo espero que nadie comienze a rebuscar en los archivos de sonido. – El profesor se dirigió entonces a Odded. – Podemos hablar con total libertad. ¿Quién quiere empezar?

El veridai se mostraba algo impaciente. De repente se incorporó de su asiento y comenzó a pasear intranquilo por el habitáculo mientras Odded intentaba volver a cerrar uno de aquellos cajones que había abierto sin querer al apoyarse contra la pared.

-¡Empezaré yo mismo, si no os importa! – Comenzó a decir un nervioso Boreazan. - ¿De dónde has salido? – Su pregunta iba dirigida al humano, quien se volvió hacia el joven, con actitud cansada. – Hablas de manera extraña y con algunas expresiones que sólo se encuentran en los documentos más antiguos; llegas al local y te metes en una situación que no te incumbe en absoluto ¡Y a mayores presenciamos tu muerte y tu resurrección! ¡Y por cierto que nadie que tenga barba se la recorta de tal manera!

-¡Boreazan! – Advirtió el profesor. - ¡Muestra más respeto a quien nos salvó de una muerte segura!

-¡Esa es la cuestión, profesor! Usted nunca estuvo en verdadero peligro, y aunque mi muerte era inevitable, sería una muerte rápida e indolora. Ahora que Szawmazs y sus hombres están muertos, el tiempo de vida que este humano me ha regalado lo pasaré imaginando cómo y de que cruel manera obtendré la muerte de manos de algún otro de los familiares de Szawmazs.

Boreazan apuró el zumo de su copa con gesto irascible.

-¿No tiene algo más fuerte?

El profesor se levantó pausadamente, con una profunda expresión de tristeza en su viejo rostro, y se acercó a otra de las planchas de la pared para presionarla y extraer del interior del cajón un curioso recipiente que dejó encima de la mesa; de paso se acercó al lugar en el que estaba Odded y cerró también la que accidentalmente el humano había abierto al apoyarse en la pared, de nuevo con gesto cansado.

-Escúchame bien Boreazan – comenzó a decir Odded mientras dejaba paso al profesor –, pues tienes otros problemas bastante más inmediatos de los que preocuparte antes de que te encuentren los familiares de tu amigo. - Esta vez fue Odded quien se sentó cerca de la mesa. – Por lo que tengo entendido varias unidades de seguridad… o secciones, que es como creo que se llaman… se encuentran dentro de tu habitácuo residencial en tu busca - la expresión del estirado veridai cambió de ira a asombro. –, y también algunas secciones se dirigen a mi piso… residencia, para interrogarme sobre lo sucedido en el local; imagino que a estas alturas ya estarán entrando…

El profesor tiró por descuido y con gesto nervioso la copa que tenía enfrente.

-Pero… ¿Por qué no están ya aquí?... en mi casa…

-Todavía no le han identificado, profesor; pero es cuestión de tiempo.

-¡Vale, basta! ¿Cómo sabes tú todo eso?

-Llevo conmigo mi… ¿Módulo Central? Es una placa pequeña y dorada…

-La plataforma principal del sistema central asignado a tu habitáculo, sea cual sea. – Ayudó impaciente Boreazan.

-Si, exacto. En esta mochila. Estos cables conectados a ella…

-¿Vas a darnos lecciones sobre lo que claramente conocemos mejor que tú?

-Boreazan, por favor; simplemente escucha lo que Odded tiene que decirnos. Intenta relajarte.

-Como decía, esta Central me ha avisado de la situación…

-¡Imposible! – Boreazan no podía soportarlo más. - ¡Ninguna plataforma central de habitáculo puede acceder a tal información! ¡Simplemente son conectores a la datored confederada con unas prioridades de enlace y comunicación muy definidas y primarias! – Dijo buscando la aprobación del profesor.

Aquello era muy interesante. Si Central era algo más que un simple sistema Central de habitáculo, posiblemente no habría sido cedida por la Confederación… ¿Habría sido entonces cosa de los protectores? Desconocía cuales habrían sido las evoluciones de esa secreta sociedad con el paso de los años. Tal vez había metido la pata comentando lo de central, pero ya no había vuelta de hoja.

-Mira… sólo intenta imaginar que lo que digo es cierto; – respondió Odded. – como antes afirmaste, apenas conozco lo más basico de esta sociedad.

-Perdona mi indiscreción, pero… - El profesor terminaba de limpiar el derramado zumo sobre la mesa. - ¿Podemos saber de dónde eres?

-Vaya… creo que es información pública. Puede buscarlo en la red de datos y leersela a su alumno si quiere. A lo mejor así sabría algo de aquel al que tanto parece odiar.

Boreazan no dejó que el profesor buscase aquella información; conectó, con el permiso de Yoet, su periférico a una (ahora la veía Odded) pequeña pantalla camuflada sobre la superficie de la mesa. Ambos, profesor y alumno, leyeron con calma la ficha del humano.

-Así que somos colegas. – Dijo el profesor observando todavía el monitor. – Es más: - Levantó la vista en dirección a Odded - creo que Boreazan se había matriculado en una de tus clases para este período educacional.

El veridai se había sentado de nuevo en la silla vacía, con la copa llena de un líquido pardo-rojizo que al parecer había aceptado como suficientemente fuerte; estaba ausente, y pronto Yoet y Odded comprendieron que saldría de aquel estado sólo cuando él mismo quisiese; no podrían convencerle.

-Ya ha visto mis datos.

-Sé lo que he visto. – Respondió el anciano dagarv. – Pero nada de lo que aquí está plasmado explica en modo alguno lo que hemos presenciado en el local.

Así que era eso, pensó Odded. Si hubiese sido un poco más cuidadoso, no estaría viviendo de nuevo la siempre penosa situación de tener que explicar su condición.

Sin embargo un pequeño piloto azulado se iluminó de repente en una de las esquinas de la mesa. El profesor conectó uno de los cables de su periférico a otra entrada del tablero metálico (¿Cuántos secretos más tendría aquel mueble?) y observó durante un par de segundos la pantalla.

-Tendréis que disculparme un momento. – Comenzó a decir. – Mi hijo Yter ha salido del compensador neuronal y mi mujer ha llegado. Volveré a estar con vosotros en dos minutos. – Dicho lo cual se incorporó y salió de la estancia.

Odded se levantó de nuevo y se acercó al amplio ventanal; en el exterior continuaba lloviendo, tal vez con más fuerza que antes, lo que por otra parte no desmerecía en absoluto el terrible por increíble paisaje que su mente tardaría todavía unos días (¿Semanas?) en asimilar. El tráfico seguía siendo muy intenso (¿Se reduciría en algún momento?), pero a pesar de que las vías de tránsito no parecían estar alejadas más que unos pocos metros, dentro del habitáculo el sonido de exterior era completamente nulo. Decidió entonces concederle un momento a sus nuevas ropas, algo llamativas para su gusto aunque cómodas, lo que le recordó la imperiosa necesidad de hacerse con ciertos productos, ya fuese ropa, comida… o armas.

-Boreazan. – Empezó a decir Odded sin apartar la mirada del tráfico existente más allá del ventanal. – Mi Central… mi amiga se está encargando de nuestra situación con respecto a la Confederación; o al menos… hará lo que buenamente pueda. Además me ha dicho que tu situación se verá muy comprometida en cuanto comprueben los datos de tu ficha. – Intentó fijarse en la reacción del veridai pero no advirtió cambio alguno en su expresión. - Me habló de algo relacionado con tu registro de vida y la mayoría de los datos que muestra.

Boreazan miró entonces furioso al humano.

-No tienes ningún derecho… - Comenzó a decir. - ¡No tienes ningún derecho a ayudarnos! – Gritó.

-Cálmate, por favor. En el fondo sólo intento exlicarte que en ocasiones…

-¡Cállate! – Boreazan se había levantado de la silla y caminaba nervioso por la sala. - ¡Llevo tres años de profunda amistad con el profesor y es la primera vez que entro en su residencia! ¿Y tú? ¡Acabas de llegar!; por mucho que nos defiendas y por mucho que leamos tu ficha no te conocemos absolutamente de nada. ¡No tienes derecho a estar aquí!

Así que se trataba de eso: sencilla y puramente sentimientos; envidia, en este caso. Una emoción que podía luchar y vencer al hecho de haber presenciado una muerte y una resurrección; como si fuese lo más habitual.

Sin embargo, por muy injustificada que estuviese la envidia en aquella situación y por muy equivocado que estuviese el joven veridai, Odded no podía permitirse echar más leña al fuego. Lo único que podía intentar era hacer ver a Boreazan que Odded sólo estaba allí por una razón; una razón bastante más importante y poderosa que la relación del alumno con el profesor, o los posibles problemas del veridai con la Confederación en caso de que saliesen a la luz; una razón que escapaba incluso a su propio entendimiento ¿Dónde estaba Central? Bueno… en la mochila, claro; pero ¿Dónde estaba realmente cuando tanto la necesitaba?

-Creo que podrás entenderlo si lo intentas al menos un poquito, aunque tengas que abrir tu mente para asimilarlo. – Comenzó a decir Odded algo irritado mientras se acercaba lentamente hacia el veridai. – La mayoría de las ocasiones no se por qué hago lo que hago, aunque sepa imperiosamente que tengo que hacerlo. Ya me ha pasado más veces, aunque no creerías en qué tipo de situaciones ni en qué tipo de lugares; esas historias las dejaré para más adelante. Pero al final de todos y cada uno de estos acontecimientos acaba pasando lo mismo: una situación pequeña y aparentemente poco importante termina por convertirse en un asunto global que suele implicar a toda la sociedad existente.

-Tonterías.

-También eso; suele ser una respuesta habitual al principio. Mira: cada historia puede ser muy similar a la anterior, y en ocasiones muy distinta en apariencia, pero siempre, en todas las ocasiones, el fin último es el mismo.

Aquel joven todavía no daba muestras de entender (ni siquiera aceptar de momento) nada de lo que Odded estaba diciendo. El humano volvió a alejarse hacia el ventanal con paso tranquilo.

-Esta vez imaginé que tendría más tiempo para acostumbrarme a este lugar, y aunque todo es muy distinto, la esencia humana… quiero decir, la esencia de todas las razas… creo que no ha cambiado en absoluto. Sólo quiero saber una cosa, y si pudieras ayudarme…

El veridai miró al humano; lo de pedirle ayuda podría funcionar, pensó Odded; hacerle sentir que era necesario, sobre todo cuando Boreazan creía imaginar que su maestro comenzaba tal vez a apartarlo de su lado. Pero es que en este caso no se trataría solamente de una triquiñuela; era verdad que necesitaba su ayuda.

-¿Cómo podría?... Vale. Imagina que todo lo que te he dicho es cierto: Solo quiero saber… ¿Qué crees que puede ser tan importante como para que me haya visto obligado a actuar y salvaguardar tu vida en el local? ¿Qué es tan necesario de tu existencia como para que el destino aparte la muerte de tu paso? Creo que tú eres la pieza clave…

La compuerta de acceso del habitáculo se abrió y en el umbral apareció el profesor Yoet, acompañado de una hembra… extraña (de eso no quedaba duda, para el humano) y un joven… también raro, a ojos de Odded, quien no pudo evitar lucir una expresión mezcla de sorpresa y admiración.

¿Cuatro brazos?

-Mi familia insiste en que os quedéis con nosotros a pasar la noche.

Las palabras del profesor denotaban la derrota en algún tipo de discusión anterior. Yoet se dedicó a hacer las presentaciones, y su mujer, Kládera, se mostró eufórica por tener al fín allí al más aventajado alumno de su hombre; aquel del que tanto hablaba Yoet noche tras noche cuando llegaba a casa; aquel sobre el que tantas alabanzas había oído recitar. No aceptarían un no por respuesta de aquel veridai; se quedaría, al menos a comer algo.

Una muy ligera sonrisa (pero sonrisa, al fin y al cabo, apreció Odded) apareció en el rostro del veridai, quien al poco conectaba bastante bien con Yter, hijo menor del profesor y de aproximadamente la misma edad que Boreazan (sólo aparentemente a ojos del humano, ¿Pero qué podía saber él?).

Yoet se volvió hacia Odded, a quien se estaba presentando Kládera.

-Tú también te quedas. – Advirtió en tono de falsa amenaza. – En absoluto hemos terminado nuestra charla.

-Estoy de acuerdo en lo de la charla profesor, pero ahora debo irme. – Y añadió en un tono de voz bastante bajo. - Debe convencer a su alumno; dígale que se quede a dormir aquí. Yo les avisaré en cuanto sepa algo más de su situación.

La preocupación volvió al ánimo del profesor.

-De acuerdo, de acuerdo… por favor, no deje de hacerlo, a cualquier hora. De todas formas quedemos mañana, aquí mismo, en mi residencia, los tres.

Poco después Odded se encontraba en un vehículo que el mismo profesor había encargado, pero sin un destino ni rumbo fijos. Un paseo por la ciudad, le había dicho Odded al conductor, haga tiempo, vaya despacio. Todavía no podía volver a su piso, no al menos sin saber dónde diablos se había metido Cielo… Central… o como diablos se llamase.

Tendría que empezar a pensar en un nombre apropiado.

Mientras observaba la ciudad de Oeveey desde las alturas, pensaba que una de las cosas a las que todavía no terminaba de acostumbrarse era llevar a alguien, en cierto modo, en la mochila de su espalda. Y menos aún podía aceptar que ese alguien estuviese realmente en algún otro lugar, buscando quién sabe qué cosas y de qué modo, cuando era tan importante su presencia cerca de él.

Porque necesitaba de sus consejos.

Porque ella era el único punto de apoyo con la realidad del tiempo y el lugar en el que se encontraba confinado.


Porque sin ella él mismo no tenía ninguna oportunidad.